Lo más conocido de México son sus increíbles playas caribeñas, pero este país, inmenso y sorprendente, cuenta con rincones muy diversos y auténticos, perfectos para viajar con niños. Te recomendamos 5 lugares diferentes, de los que más nos han gustado de este país, donde desierto, selva, profundas barrancas, ríos y esteros, sus gentes y los animales salvajes, son los protagonistas. Destinos, todos ellos, que hemos visitado con nuestros hijos y con otras familias.

 1. Real del Catorce

En medio del desierto de San Luis Potosí, en el norte de México, se encuentra este pequeño poblado anclado en el siglo xix. Nada te prepara para ver y sentir este regreso en el tiempo una vez cruzas el túnel de Ogarrio (ver Real de Catorce), de dos kilómetros trescientos metros, que constituye la entrada del pueblo.

Burrito vista pueblo

Calles adoquinadas, casas de piedra y callejones conforman un pueblo cuyos cimientos se construyeron sobre los sueños y las vidas de cientos, miles de aventureros que llegaron a este lugar movidos por la fiebre de la plata, y que ahora se sustenta en el turismo.

Subida al Cerro del Quemado

Subida al Cerro del Quemado / © Vicente Vicent

Paseos a caballo por el Cerro del Quemado, lugar de peregrinaje de los huicholes (grupo indígena mexicano), o a un pueblo fantasma, donde se almacenaba el material de la compañía minera. Paseos en jeep Willys de los años 50 para ir al desierto, bordeando la montaña por un camino que sólo un coche con tracción a las cuatro ruedas, o una mula, puede permitirse. Pura aventura!

En el Cerro del Quemado

En el Cerro del Quemado / © Vicente Vicent

Viaje en Willys al desierto

Viaje en Willys al desierto / © Vicente Vicent

El restaurante El Cactus, en la céntrica plaza Hidalgo, nos acoge cuando el hambre aprieta y probamos los cabuches, capullos del cactus biznaga en pizzas artesanales o ensaladas.

Por sus calles, los niños vagan libremente buscando piedras y, si se tercia, pequeños destellos de plata alimentan sus fantasías (leer más en Como la vida misma).

Buscando piedras, pequeños tesoros..

Buscando piedras, pequeños tesoros… / © Vicente Vicent

2. Gutierrez Zamora

Llegar al Estado de Veracruz desde el DF era toda una odisea hasta el año pasado, que terminaron la carretera de cuota (autopista) por Pachuca y en tres horas y media te plantas en el norte del Estado disfrutando de unas vistas excelentes durante todo el recorrido.

Además, hace dos años, unos amigos mexicanos diseñaron y construyeron un pequeño hotel en Gutiérrez Zamora, cerquita de la zona arqueológica de Tajín, de Costa Esmeralda y del río Filobobos, donde puedes hacer barranquismo, rafting, etc.

Don Héctor, dueño del hotel

Don Héctor, dueño del hotel – © Vicente Vicent

Héctor, dueño del hotel

Héctor, diseñador y copropietario del hotel – © Vicente Vicent

Hotel familiar y muy confortable, Cocuyos 92 está totalmente pensado para familias. No en vano nuestros amigos tienen dos hijos pequeños. Cada vez que vamos, los visitamos y, como si fuera nuestra casa, nos acomodamos. En la cocina abierta nos preparan los mejores cafés y desayunos jarochos, que tomamos en una mesa de la terraza con vistas al río Tecolutla, a unos 10 km de su desembocadura en el mar. La paz y tranquilidad nos invaden, pero hay que tener muy en cuenta el clima por estos lugares, pues desde abril a septiembre hace mucho calor y muy húmedo.

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© Vicente Vicent

Desde el embarcadero del hotel, nos lanzamos al agua en los kayaks, rentados para la ocasión. También nos apuntamos a lo paseos en lancha por los manglares en la desembocadura del río, y aprovechamos para pasar el día en la playa de Tecolutla.

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© Vicente Vicent

Pero lo que más nos gusta es la selva, así que nos adentramos en Tajín, uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de México (ver Cumbre Tajín). Ya lo habíamos visitado anteriormente, así que recogemos a un guía y nos lleva a Cuyuxquihui, a una hora de Tajín, en medio de la selva. Esta zona arqueológica está cuidada por los ejidatarios de los alrededores, y como es poco conocida, no hay nadie y los niños pueden ir libremente de aquí para allá.

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© Vicente Vicent

Todo es muy de estar por casa, y cuando llega la hora de la comida, los vecinos que cuidan esta zona arqueológica nos preparan en el momento unas tortillas de maíz, que vemos preparar paso a paso: molino para hacer la masa de maíz, metate para trabajar bien la masa con un poco de agua y aplanarlas y, finalmente, al comal hasta que se inflan un poquito. Acompañadas de frijoles de olla, huevos recién puestos por las gallinas que andan sueltas por la casa, la salsa de jitomate bien picosita que no falte, y un té de hojas de pimienta (del árbol de pimienta del yacimiento) endulzado.

Una guacamaya no se separa de nosotros hasta que, finalmente, nos regresamos a nuestro particular santuario, agotados, pero hipnotizados por la hospitalidad de estas gentes.

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© Vicente Vicent

 

3.Celestún

Cuando ves por imágenes satélite la Reserva de la Biosfera Ría Celestún, te sorprenden los pequeños puntos verdes que conforman esta Reserva. Son los ojos de agua, los petenes y los manglares que conforman esta Reserva, de 600 km cuadrados.

Garza blanca sobre mangles rojos

Garza blanca sobre mangles rojos – © Vicente Vicent

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© Vicente Vicent

Estamos en el noroeste de Yucatán, a 95 km de Mérida. En Xixim. Cerca de la Ría Celestún, que corre paralela al Golfo de México. Aquí la playa no es tan blanca, ni fina, ni el mar tiene un color esmeralda como en el Caribe, pero agradecemos una playa semi desierta y con miles de esqueletos de caracoles de mar. Algunas conchas están en perfectas condiciones y nos pasamos horas recogiéndolas, como regalo para los amigos.

En Xixim

En Xixim – © Vicente Vicent

Nido de colibrí

Nido de colibrí – © Vicente Vicent

Ría Celestún es el lugar de refugio invernal de miles de flamencos rosados y de muchas otras especies, así que contratamos a un biólogo, con su lancha, y nos lleva por los canales del estero primero y los manglares después, para terminar dándonos un baño en un cenote transparente y de aguas gélidas. Las crías de los flamencos son blancos y ya de adultos adquieren ese peculiar color rosado intenso debido a la concentración de caroteno de la larva de camarón que aquí consumen. Pasamos por el lado de bandadas enteras donde todos tienen la cabeza baja, buscando comida, excepto uno o dos ejemplares, que son los vigías.

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© Vicente Vicent

 

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© Vicente Vicent

Por la noche, nos vamos de excursión. También en lancha. Esta vez a la Ría Lagartos, donde podemos ver cocodrilos. Ojos rojos a lo lejos nos avisan de donde se encuentran. La intención es “cazar” uno y meterlo en la lancha. El biólogo que nos lleva, dice que se les agarra por la boca y después de varios minutos sin poder abrir la boca, el cocodrilo (de un metro y medio de longitud, por estas latitudes), ya no siente el peligro y se le puede acariciar, para luego regresarlo a su lugar. Tras esta explicación, ahí vamos, no sin cierto escepticismo. Desafortunadamente, no se nos da bien. Se esconden rápidamente y no podemos atrapar ninguno. De todas formas, las explicaciones del biólogo y la excursión nocturna valieron la pena (Ría Lagartos Adventuras).

 4. Barrancas al Cobre

Entre las ciudades de Chihuahua y Los Mochis, al norte de México (en los Estados de Chihuahua y Sinaloa), se encuentran las barrancas o cañones más espectaculares que hayamos visto nunca. Este sistema de seis cañones supera en extensión y altura a la del famoso Gran Cañon de Arizona, aunque aquí no es desierto sino puro bosque.

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© Vicente Vicent

Para llegar, el tren El Chepe se adentra entre las montañas de la Sierra Tarahumara, obsequiándonos con espectaculares vistas y a ritmo de tren de antaño. Esta vía se construyó para transportar el cobre que encontraron en una cañada que dio nombre al sistema, y ahora sirve de corredor turístico. Nuestra parada: Divisadero. Un único hotel, en el acantilado y todo él orientado a la Barranca, nos acoge. Las habitaciones constan de un balconcito con vistas. Por la noche, nada se oye, nada se ve. Sólo estrellas y un pozo negro, el de la Barranca.

Buscando y observando

Buscando y observando – © Vicente Vicent

Nopales

Nopales – © Vicente Vicent

Todo este territorio es la cuna de los indios tarahumara o rarámuris. Se pueden visitar sus casas-cueva, caminar por sus valles (ver link batopilas), aventurarse sobre la Barranca durante 2km 800 metros en el teleférico desde Estación Divisadero, visitar la cascada de Cusarare o la de Basaseachi, realizar paseos en kayak en lagos, o paseos a caballo por los acantilados, etc.

Paseo a caballo por los cañones

Paseo a caballo por los cañones – © Vicente Vicent

Valle de las ranas

Valle de las ranas – © Vicente Vicent

 

5. Calakmul

Calakmul o ciudad con dos montículos, como la llamaron los trabajadores del chicle cuando la encontraron, es una ciudad de 70 km cuadrados y 6,000 estructuras, que se encuentra a tan sólo una hora de Tikal (la ciudad maya más famosa de Guatemala y con la que siempre estaban en guerra) si fuéramos en linea recta a través de la selva.

Esta zona arqueológica está situada en la Reserva de la Biosfera de Calakmul, en el Estado de Campeche, en la península de Yucatán y casi en la frontera al sur con Guatemala. Se puede ir desde Campeche (a 200 km) en el Golfo de México, o desde Chetumal (a 175 km), en el Caribe. A ambos lados de esta carretera se encuentran gran diversidad de sitios arqueológicos mayas (Xpujil, Chicanná, Hormiguero, etc), más o menos importantes, aunque el más importante fue, sin lugar a dudas, Calakmul.

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Descansando … © Vicente Vicent

Al situarse en una Reserva, sólo hay un hotel a sus puertas, llamado precisamente “Puerta de Calakmul” (ver relato en Como la vida misma). De ahí a la ciudad de Calakmul hay poco más de una hora por una carretera asfaltada, haciendo parada a mitad de camino, en el Museo. Solicitamos una guía del pueblo, que se viene en el coche y nos cuenta que los dos montículos, que dan nombre a la ciudad, y a los que se puede subir, tienen nada más y nada menos que 55 metros de altura.

Cuando llegas arriba, sólo ves selva. Kilómetros y kilómetros de selva. Más abajo, en la plaza principal, los árboles acogen a familias enteras de monos, tanto monos araña como araguatos, famosos por sus potentes aullidos. Hace mucho calor, un calor húmedo pegajoso que te deja sin fuerzas, y al ser Reserva no hay puestos con bebidas. Los monos duermen todos a estas horas. Es mejor venir muy temprano y en invierno, para disfrutar completamente de esta ciudad llena de estelas.

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© Vicente Vicent

Al amanecer nos despiertan los monos aulladores. Mi marido y mi hijo mayor se visten y se van con la guía por un camino entre la selva para ver animales. El más preciado: el tucán, difícil de ver.

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© Vicente Vicent

La siguiente actividad es la Cueva de Murciélagos. Casi anochece y una familia de monos se despide de nosotros con gran estruendo. Caminamos unos 200 metros desde la carretera Campeche-Chetumal justo a tiempo para ver, oler, sentir y oír salir de su hogar a casi un millón de murciélagos de 8 especies diferentes, lo que lo convierte en una de las cuevas de murciélagos más increíbles del mundo.

Nada te prepara para ver semejante espectáculo. Durante unos 90 minutos van saliendo en espiral desde la entrada de su cueva, a unos 30 metros de profundidad, hacia el cielo. No podemos hablar por la emoción. El único sonido que sale de nuestra boca es “Qué increíble!”.

Fotos © Vicente Vicent