“Bella Tailandia!”, relato de un viaje con niños al pais de las sonrisas
Relato directo y exclusivo desde el especial viajes de la revista Naïf Magazine del pasado trimestre. Descubre a través de la experiencia real de un viaje con niños pequeños contada por su madre y fotografiada por su padre porqué Tailandia es un destino perfecto para unas vacaciones en familia.
“La cocina de sabores fuertes, las playas de postal, los colores vibrantes, la cultura exótica y los templos… Siempre me han fascinado las imágenes icónicas de Tailandia, por eso cuando surgió la oportunidad de este viaje, ni se me pasó por la cabeza desperdiciarla, a pesar de que tengo dos niños pequeños: Pedro (6 años) y Luiza (1 año y 2 meses). “¡Qué locura!”, me decían algunos, pero no fue una decisión impulsiva movida por mi fascinación por aquel país. Ya había oído hablar de que los tailandeses eran muy child friendly, lo cual era un estupendo comienzo. Otro aspecto positivo es que Tailandia es un destino barato, lo que significaba que estaríamos cómodos con los niños sin gastar demasiado. Además, adoro la comida tailandesa y como allí se come mucha fruta y verdura, la alimentación tampoco parecía un impedimento; aunque, por si acaso, llevé en la maleta reservas suficientes de leche en polvo, papillas y barritas de cereales.
Primer contacto. Nuestra primera parada fue Bangkok. A pesar del cansancio y el jet lag, no nos podíamos permitir dormir, ya que era la hora de comer y si dormíamos por el día cambiaríamos nuestros horarios. Así que, para matar el tiempo hasta la hora de dormir, cogimos un taxi al Siam Ocean World, un acuario gigante. En el centro comercial Siam Paragon. Los niños se entretuvieron viendo peces de colores, paseando en barco por un estanque lleno de tiburones, y viendo una película en 3D. Cuando se nos acabaron las pilas, volvimos al hotel y caímos rendidos.
Al día siguiente, tomamos un vuelo a Phuket, desde donde nos dirigiríamos a la isla de Phi Phi. Para llegar a ella, tendríamos que tomar un ferry y una lancha motora. Todo el esfuerzo valió la pena. El mar azul como una piscina, la arena blanquecina y las montañas rocosas formaban literalmente un escenario de película: Phi Phi fue la principal localización del film La Isla, de Leonardo Di Caprio. Coincidió que pasamos allí la nochevieja y pudimos disfrutar de algunas tradiciones locales, como lanzar al cielo globos blancos en forma de deseos para el nuevo año.
Entre templos y elefantes y después de algunos días buceando en las aguas cristalinas de Phi Phi, tomamos otro vuelo rumbo a Chiang Mai, al norte de Tailandia. Era el momento de entrar en contacto con la cultura tailandesa más ancestral. La gran atra-cción es la ciudad amurallada, en el centro, donde se encuentran decenas de templos budistas que recorrimos uno a uno con Luiza en su cochecito. Cuando teníamos hambre, escogíamos uno de los encantadores restaurantes de la región. Por la noche, siempre íbamos al Night Bazaar, un gran mercado al aire libre con vendedores ambulantes y tiendecitas.
Por los alrededores de Chiang Mai también se pueden hacer excursiones interesantes, como la Hacienda de los Elefantes. Al principio nos parecía una atracción turística más, pero para Pedro esta excursión marcó el viaje. Asistimos a un show en el que los animales hacían acrobacias y después nos montamos en los elefantes para dar un paseo “fuera de ruta”, a través de caminos y ríos.
Otra atracción en la región era la Hacienda de los Tigres: “¿Quiere entrar en una jaula con ellos?”, decían los adiestradores. Confieso que utilicé a la pequeña Luiza como excusa para no entrar en la jaula, mientras Pedro entró y se enfrentó cara a cara con alguna de las crías. Como broche de oro de nuestra estancia en Chiang Mai, fuimos a conocer la tribu de las “mujeres-jirafa”. Imposible no hacerse una foto con alguna de aquellas chicas con decenas de anillos en el cuello.
El mejor día del viaje Alquilamos una furgoneta para continuar nuestra ruta, ya que el próximo destino quedaba entre Chiang Mai y Bangkok. Sukhothai es un yacimiento arqueológico patrimonio de la UNESCO que tiene como reclamo Wat Mahathat, el mayor monasterio de Tailandia. Para visitar las ruinas alquilamos unas bicicletas: Pedro tenía una para él solo, mientras que Luiza iba en una sillita en la bici de su papá. Fue un día lindo, pedaleando entre templos y budas, acompañados por una puesta de sol maravillosa.
Una capital llena de contrastes Bangkok es impresionante. La metrópoli, con rascacielos, centros comerciales y tráfico enloquecido, encuentra su contrapunto en los templos dorados y los puestos de frutas en cada esquina. Lo mejor de la capital es perderse. Caminamos arriba y abajo y de mil maneras: a pié con Luiza en el cochecito, en skytrain, en tuk-tuk (motos tipo scooter para pasajeros) y hasta en taxi-boat, los barcos que cruzan los ríos de la ciudad. Impresionan los templos como Wat Phra Kaen, en Grand Palace, o Wat Arun de 82 metros de altura. Cerca de la ciudad hay paseos chulos, como la visita a los mercados flotantes. Nos levantamos pronto y en menos de una hora estábamos navegando entre señoras tailandesas que ofrecían frutas y verduras frescas. Y a quien le guste el muay thai, principal deporte del país, es imprescindible asistir a un combate en el estadio Lumpini – el equivalente al Maracaná o al Bernabéu.
Cuando cuento que fui a Tailandia con los niños, la mayoría de la gente piensa que estoy loca; sin embargo, nosotros recordaremos siempre este viaje. Aunque Luiza no pueda acordarse de nada y Pedro sólo de algunos momentos, me alegro de haberles transmitido que en el mundo hay mucho que aprender, que deben respetar las diferencias y que existen culturas increíbles por descubrir.
Texto PATRÍCIA PAPP
Fotos CLAUDIO RUARO y NUNO PAPP
Publicado en Naïf Magazine especial viajes 2011
Excelente blog viajero sobre Asia: Mundo Nómada
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