¿Quién dijo miedo? La vida es un camino de aventuras por descubrir y vivir apasionadamente. Tantas culturas por explorar, tantos lugares por conocer…y un sueño en el tintero: Japón. ¿Cuántos años deseando ir? Miles. Por fin surge la oportunidad. Bien, no nos lo creemos!

La emoción nos desborda, la euforia nos sube a una nube diaria…imaginaos la intensidad que cuando le dimos a “comprar billete de avión” empezamos a saltar y gritar de la alegría, cual chiquillos abriendo un regalo de Reyes. Y empezaron los preparativos y… los comentarios. Pero, si tienes niños, ¿Te los vas a llevar? Pues claro, donde mejor van a estar que con sus padres. ¿Y el cole, que harán sin ir 3 semanas al colegio? Pues aprender y disfrutar, ¿acaso conoces mejor escuela que empaparse de otra cultura in situ, otra forma de vivir, de comer, de relacionarse, un lugar para admirar templos y naturaleza?. ¿Qué es mejor, que lo vean en fotos o libros o que lo palpen con sus propias manos, lo admiren con sus propios ojos y lo vivan con sus sentidos al máximo? Pues eso. Al final todos convencidos.

Claudia de 7 años e Ian de apenas 1 año se apuntan a la aventura, están tan ansiosos como mamá y papá (que somos Angie y Juanjo,¡hola! ) y llevamos todo lo necesario: billetes de avión, guías de viaje, ruta preparada y personalizada para la familia (después de horas y horas surfeando por foros e internet, todo hay que decirlo, gracias a la amabilidad de muchas personas que nos ayudaron con sus comentarios y experiencias), maletas, Maclaren, mochila para el peque (¡imprescindible!), comida especial para él no hace falta, con la leche de mami y el arroz japonés y alguna otra maravilla de la gastronomía nipona podremos pasar….ah, sí, y también empaquetamos una buena dosis de entusiasmo y emoción, estímulos en sí imprescindibles para hacer de éste un viaje inolvidable.

Al fin llega el ansiado día: finales de marzo de 2010 ¡hemos llegado a Japón en plena floración del cerezo, ni en mis mejores sueños había imaginado que podría observar un “Hanami” japonés: la primavera justo asoma, todos los cerezos, que se cuentan por miles por Japón, empiezan a florecer y el espectáculo es sencillamente maravilloso. Las flores blancas y rosadas forman un tupido manto en el cielo azul japonés que deja a uno sin habla y cuando caen al suelo, es como estar andando sobre un grácil tapiz de bonitos colores. Ays, pero no adelantemos acontecimientos. Llegamos a Japón después de 16 horas de viaje, si, cansados, con jet lag, hambrientos, pero satisfechos.

Compartimos una habitación doble en un hotel medio y en una zona típica de Tokio: Ueno. Decidimos empezar por aquí, por Tokio, explorando la gran metrópolis de más de 12 millones de personas y el choque cultural es brutal. Nos da la sensación de estar en otro planeta, suena a tópico, pero realmente en Japón es así. El contraste en Tokio es enorme: los más impresionantes rascacielos se aúnan con las casas más tradicionales y ancestrales, unos cerca de los otros, para que no nos olvidemos que estamos en una cultura milenaria. Sí, la modernidad es palpable, en todos los aspectos, la gente se pasea vistosamente, muchos como personajes salidos de un manga japonés, pero no es más que cierta rebeldía hacía un sistema social más cerrado que en occidente.

Los templos y parques –grandes extensiones de bosque muy cuidados con lagos y casas de té- conviven en esta gigantesca ciudad, son los pulmones verdes necesarios e importantes para los japoneses, base también de la religión sintoísta y budista. El domingo es el día de gala por autonomasia y los kimonos se ven por doquier, mujeres y niños paseando, disfrutando de un picnic en la falda de un cerezo…tanta belleza es un estímulo para nuestros sentidos y cada vez estamos más fascinados por esta ciudad. Visitamos pues todos los extensos parques que nos han recomendado por ser los más bellos (Ueno, Harajuku, Shinkuju, el que rodea al Palacio Imperial…), admirando el espectáculo de bellos colores de la floración y dejando que los niños correteen y disfruten de lo lindo. El Zoo precisamente está dentro del parque Ueno, así que ahí nos vamos, por menos de 5 € pasamos una tarde genial, viendo animales más raros de encontrar por aquí, incluso osos panda. Qué alegría para Claudia! Con lo que le gustan las flores y los osos panda, doble entusiasmo para pasar un día en familia de lo más estimulante.

Otro lugar imprescindible para ir con niños: la bahía de Odaiba. Después de admirar el rojizo Templo Sensoji en el barrio de Asakusa y de una buena ración de arroz con tempura (¡exquisito!), intentamos tomar con barco de recreo por el río Sumida hacia Odaiba, pero ¡¡¡horror!!! El último ya ha zarpado. Arggg, y ¿ahora qué hacemos? Tranquilidad, por suerte siempre se puede contar con la amabilidad de los japoneses que nos informan, en un inglés pachumbero eso sí, que hay un monorraíl que llega hasta ahí y por ende, hará las delicias de grandes y pequeños, pasando además por el puente colgante más famoso de Tokio: el Rainbow Bridge. Y ¿qué decir de Odaiba? Que las vistas son preciosas.

El skyline de rascacielos al fondo, al atardecer y con el sol poniéndose, es un espectáculo visual relajante. Y cuando uno se cansa de hacer mil fotos de la réplica de la Estatua de la Libertad y de los barcos-restaurantes que encienden sus cien farolillos, entra en los mega-super-centros comerciales temáticos que hay y se deja llevar por la fantasía oriental: tiendas imposibles, centros de ocio y juego que hacen las delicias de los peques, la noria gigantesca (ayss que vistas más bonitas!!), el Museo de la Ciencia y Tecnología, ideal para niños y papás (jejejeje) e incluso un Onsen (un establecimiento de aguas termales, muy habituales en Japón) en el que uno se remoja en aguas calientes y se le queda el cuerpo y alma en otro mundo.

Hacemos varias excursiones que son una delicia para los amantes de la naturaleza en todo su esplendor y de los templos japoneses: Kamakura y Nikko. Ambos lugares perfectamente compatibles para ir con niños y ver al Gran Buda, disfrutar de un paseo por los bosques centenarios, junto a templos escondidos, especialmente cuidados, rodeados de un remanso de paz que parece increíble que estén a poco mas de 1 hora de Tokio en tren. Y luego, como no, excursión de la semana: momento Disney, esto es, visita al Tokio Disneyland, especial para Claudia. Recomendable si hay poca gente, las colas eran memorables. Pero la sonrisa perpetua de Claudia también lo es y el peque de la casa lo pasó de lo lindo.

Resumiendo, qué visitar en o cerca de Tokio, con niños:

Zoo del Parque Ueno y el mismo parque.

Bahia de Odaiba: el Museo de la Ciencia y el Onsen temático para remojarse.

Parques temáticos: Tokio Dome, Disneyland, DisneySea y otros más.

Perderse por Ikebukuro y los Nekocafés: lugares donde tomarse algo mientras acaricias a un lindo gatito

Parques colindantes del Palacio Imperial: paseo en barquitos de remos.

Visitar Yokohama y sus atracciones de Minato Mirai: los niños se lo pasan bomba probando atracciones originales y divertidas.

Para amantes de los trenes: visita del museo del ferrocarril en Saitama

Visitar sí o sí Kamakura y Nikko. Preciosossssss

Para amantes de la naturaleza: excursión a Mitake-san. Subida a un bosque precioso en cremallera hasta encontrar el templo.

Para ver el Monte Fuji: acercarse a Hakone y hacer la ruta de los transportes: tren, cremallera, funicular, barca…y comer los huevos hervidos en las aguas sulfurosas del volcán.

Abandonamos Tokio después de unos días de actividad incansable y el Shinkansen (tren bala) nos deja cerca de los Alpes Japoneses: todavía hay que coger otro tren regional que nos acerca a Takayama y el trayecto es precioso, bordeamos montañas de un verde postal y ríos cristalinos. Pueblecito pintoresco donde los haya, en Takayama hay una preciosa ruta de templos escondida por los bosques que es especialmente bella y la zona de Hida no Sato (una reconstrucción de pueblo japonés ancestral para mostrar cómo vivían antaño) son los lugares más recomendados. Y por supuesto, no perderse pernoctar en un Ryokan o establecimiento típico japonés para experimentar lo que es dormir en futón, relajarse en un onsen de aguas termales en familia y salir a cenar paseando con sendos kimonos, toda la familia al completo. La vivencia es sublime y a los niños les encanta “disfrazarse” y pensar por unas horas que son japoneses “de verdad”.

Es hora de volver a coger otro tren y perderse por las montañas de nuevo. Próxima estación: Kanazawa. ¿y qué tiene esta pequeña ciudad para que paremos muchos occidentales? Uno de los tres jardines más bellos de Japón: Kenroku-en, tan bello, tan perfecto, tan cuidado, tan majestuoso…pasear por él es una experiencia preciosa, y más en primavera y con los cerezos en flor: tanta belleza es sublime. Y te paras a pensar…¿Cuál es la conexión tan especial que tienen los japoneses con la naturaleza? La miman, la protegen, se funden en ella…y eso y más es lo que logran transmitirnos a todos. Luego, pasear por las callejuelas donde vivían los samuráis y las aprendices de geishas, buscar más templos semi-escondidos entre edificios e izakayas…sellan un día que ya empieza a desvanecerse. Y de nuevo en ruta hacia…¡Kyoto!

Con puntualidad japonesa de Shinkansen llegamos al paraíso de los templos y es que Kyoto es una ciudad que enamora. Decenas de templos nos esperan: el Templo dorado, el Templo Plateado, ambos rodeados de unos jardines con lagos y flores de múltiples formas y colores que provocan que no vayas a olvidar por nunca jamás tan mágicos lugares. Luego por supuesto, el templo que más gusta a los niños: Kiyomizu-dera, llamado Templo del agua pura, donde la leyenda dice que si se bebe de las tres fuentes, se tiene prosperidad, amor y salud…para siempre!. Por supuesto, todos bebimos ansiosos de las aguas puras…y Claudia e Ian bebieron un poco más, por si las moscas, que tal como decía Claudia, “por si acaso mami, no sea que no haga efecto”.

Se necesitan días para explorar la ciudad a fondo y perderse por los bosques de bambú que a nos recuerdan a los de “Tigre y Dragón” (“mamá, estos bambús son altísimos, llegan hasta el cieloooo”), por los barrios de Geishas (Gion), por los templos y parques de aquí y de allá, por el paseo de la Filosofía, riachuelo flanqueado por decenas de cerezos en flor cuyos pétalos adornan el cauce y cuyo paseo, sin prisas, divierte y relaja a niños y a padres por igual.

Van pasando los días y después de atesorar decenas de recuerdos de paisajes mágicos y templos majestuosos, nos vamos hacia una isla mágica: Miyajima, isla venerada desde tiempos antiguos, famosa por su puerta sagrada o Torii donde en teoría nadie puede nacer ni morir. Para ello volvemos a coger un Shinkansen, tren que a los peques les encanta, y ponemos rumbo a Hiroshima. Antes de montarnos en el ferry que nos deja en la isla, paramos en el edificio que se mantuvo en pié tras la bomba atómica (no hace falta decir que te deja totalmente impactado y alicaído imaginando la magnitud de la tragedia), visitamos el parque de la Paz, con sus cientos de miles de grullas de origami, en recuerdo de las víctimas. Y es que existe otra leyenda: cualquiera que llegue a elaborar 1000 grullas de Origami, su deseo le será concedido. Así que Claudia y yo acordamos hacer muchíiiisimas grullas tan pronto lleguemos a casa y poder pedir nuestro deseo.

Ays Miyajima, que isla tan especial: tan pequeña, tan misteriosa y tan verde, con sus santuarios sagrados, sus ciervos acampados por doquier (también sagrados, tan acostumbrados a los humanos y tan dóciles que se comen todos nuestros mapas!) Los peques corretean y juegan con ellos y al atardecer, decidimos que esté en bajamar, andaremos hacia la playa a tocar el torii sagrado y hacernos las fotos de rigor.

Es impresionante ver como cuando sube la marea el santuario a pie de costa se “inunda” hasta las escalinatas (y buena parte del mismo torii también) y al bajar la marea, se puede pasear por los entresijos de los mismos. Toda una aventura para los más pequeños y los mayores, por supuesto. ¡Hala, hora de comerse unos ramen y de irse a dormir! Después de una noche placentera, nos despertamos en plan aventureros, ¡vamos a alcanzar el pico más alto de la isla! Mt. Misen, allá vamos… Mochila en riste, agua, comida, botas puestas…y listos!

Como nos espera otro Shinkansen al atardecer para proseguir con el viaje, hemos decidido subir una parte del monte en funicular y poder admirar las vistas desde el cielo y otra parte la haremos andando, para llegar al Templo del caldero humeante, escondido entre el bosque, a lo alto de la montaña. ¡Cuidado! Nos dicen, hay monos por la cima y por todo el bosque circundante. Otro aliciente más para que Claudia se afane en subir más y más arriba. Ni que decir que las vistas nos enamoran y la excursión montañera nos sienta fenomenal. Ah, y los monos no se dejaron ver, ¡cachis!.

El viaje está llegando a su fin, solo queda hacer un par de paradas técnicas para visitar el Castillo de la garza blanca en Himeji para que los niños (sí, sí y los papás también) se ensimismen con la arquitectura medieval nipona y conozcan como vivían los Shogun, samuráis y demás gobernantes. También nos queda visitar Nara y el gran Buda, ¿cómo irse de Japón sin visitar budas? Impresiona por su altura, por su belleza, por todo. Japón cada días más, nos está dejando boquiabiertos, las gentes y su apacible amabilidad (sus reverencias de agradecimientos se nos contagian), la gastronomía más allá del sushi, exquisita y elegante, el entorno natural tan bien cuidado que se fusiona perfectamente por otro más moderno…en definitiva una experiencia que nos está dejando huella y lo mejor, que estamos todos juntos disfrutando por mil.

Volvemos a Tokio y nos queda una noche para despedirnos de la gran urbe, descubrimos un parque infantil en Shinjuku después de maravillarnos con las vistas de todo Tokio desde la planta 54 del Gobierno Metropolitano, y allí nos quedamos, disfrutando ellos y nosotros, dejando un pedacito de nuestro corazón en Japón.

Hemos decidido que volveremos, todos juntos otra vez, para una ocasión esta vez muy especial, pero eso es otro capítulo de nuestras vidas que quizás contemos algún día.

Familia Rodríguez-Cervelló