Frente al océano: playas de arena fina y clara, mar bravío, altas dunas y acantilados. Tierra adentro: campos de olivos, alcornoques, pasturas, vacas y ovejas, pequeños pueblos detenidos en el tiempo y ciudades con templos romanos y murallas mediavales. El silencio y la escasa presencia humana lo impregna todo. Estamos en Alentejo, Portugal. Es un mes de marzo, temporada baja, y casi no hay turistas en estas tierras. En julio y agosto los pueblecitos de playa harán el pleno, pero ahora todo es silencio, tranquilidad y precios bajos.

Alentejo es una región del centro-sur de Portugal, situada al sur del río Tejo. Ocupa un tercio de la superficie del país, pero solo un 8% de su población, lo cual explica la serenidad que transmite, pero también nos habla de una historia de despoblamiento, de migraciones del campo a la ciudad y pueblos semivacíos. El turismo aquí es estacional y de bajo impacto, todo lo contrario del Algarve, su vecino famoso. Llegar es fácil. Desde España hay vuelos baratos a Lisboa, que está a una hora y media de tren de Évora -ciudad histórica, Patrimonio de la Humanidad-, y a dos horas de coche de Vila Nova de Milfontes, una de las joyas del litoral alentejano.

Malhão, una de las tantas playas vírgenes del litoral del Alentejo.

Malhão, una de las tantas playas vírgenes del litoral del Alentejo. Foto: Lucio Boggio.

Pero empecemos por el principio. Somos cuatro: mamá, papá e hijas de 6 y 2 años en el momento del viaje. Nuestra incursión al Alentejo fue de descubrimiento, ya que no sabíamos prácticamente nada de esta región. El plan original era visitar Lisboa y el Algarve. Luego, por recomendación de un amigo, hicimos una escapada de cuatro días a la costa alentejana. Y fue un amor a primera vista.

Entramos al Alentejo en coche y desde el sur, cruzando la sierra de Monchique y su abundante vegetación. Nos recibió un paisaje agrícola, de suaves colinas, con escasos y pequeños pueblos de paredes blancas y tejas rojas, vacas, ovejas, olivos. Y alcornoques. Muchos alcornoques. Tanto, que la mayoría del corcho que se hace en Portugal es de aquí. Lo que equivale a decir que las botellas de vino de casi todo el mundo llevan un poco de Alentejo con ellas. Así llegamos a Odemira, localidad principal de la zona costera, si bien está a unos 20 kilómetros de la playa. Se trata de un pequeña ciudad, muy tranquila, que creció sobre ambas orillas del río Mira. Cuenta con un centro de información turística muy completo, con folletos y mapas de toda la zona. De ahí a nuestro destino solo hubo 15 minutos.

Vila Nova de Milfontes

Esta localidad está situada sobre la ribera norte del río Mira, en su desembocadura en el océano Atlántico. Esto le brinda la particularidad de tener una playa que en uno de sus lados es fluvial, y en la otra marítima. Es un pueblo de unos 5.000 habitantes, que en julio y agosto se ve invadido por el turismo. Durante el resto del año, predomina la tranquilidad, los vecinos haciendo su vida de pueblo habitual, lisboetas que vienen a pasar el fin de semana en su segunda residencia y algún que otro turista que viaja fuera de temporada, huyendo de las masas, como nosotros y las cuatro o cinco autocaravanas alemanas que encontramos allí.

Casitas típicas en el centro de Vila Nova de Milfontes.

Casitas típicas en el centro de Vila Nova de Milfontes. Foto: Lucio Boggio.

Al igual que en otros pueblos del litoral alentejano, aquí supieron mantener el estilo tradicional de las casas, incluso en nuevas edificaciones: techos de tejas rojas, paredes blancas con los alrededores de puertas y ventanas pintadas en naranja, azul o amarillo. Así, Vila Nova de Milfontes tiene un aire pintoresco y homogéneo. El casco antiguo del pueblo es muy pequeño, sus calles estrechas en las que apenas cabe un coche, o ni eso, se caminan todas en unos pocos minutos. Hay una antigua fortaleza -hoy reconvertida en hotel boutique-, a orillas del río, desde la cual se cañoneaba a las embarcaciones enemigas que pretendían subir por el río desde el mar.

Las playas son largas y anchas. La arena es muy clara y el mar tiene un potencia y vitalidad que sorprende a quienes tenemos al Mediterráneo como referencia. “Mamá, esto es hermoso”, dijo nuestra hija, de pie a orillas de mar. Acabábamos de llegar luego del viaje desde el Algarve, habíamos dejado las cosas el alojamiento y caminamos entre las dunas hasta llegar a la playa. La estampa de mi hija en la orilla, inmóvil por varios minutos, deslumbrada por tanta belleza y el sonido de la furia del mar, es un recuerdo que me acompañará toda mi vida.

Primer contacto con la Costa Alentejana.

Primer contacto con la Costa Alentejana. Foto: Lucio Boggio.

Alentejo está de cara al Atlántico; las olas y el viento llegan aquí después de un viaje de miles de kilómetros. Por eso esas dunas altas; arena que voló desde la playa y encontró fijación en la vegetación detrás de la primera línea de mar. Y por eso, también, la Costa Alentejana es un destino de primer orden para surfistas. Aclaración importante para familias: hay que olvidarse de la imagen de postal de los niños jugando en el agua. Está muy fría, incluso en verano. Si aún así se atreve a nadar, tenga en cuenta que hay corrientes fuertes.

Playas para todos los gustos

Vila Nova de Milfontes tiene varias playas. Franquia y Farol son algunas de las más populares y están al final del pueblo. En ambas, las olas suelen ser más suaves, por lo que son las preferidas por las familias con niños y canoistas. Recomendamos iniciar una caminata por la playa, desde la desembocadura hacia el norte, o sea sin cruzar el río. Será un recorrido agradable, atravesando diferente playas y a medida que uno se aleja del pueblo, las dunas se hacen más grandes, hay más formaciones rocosas, algún acantilado de baja altura y si la marea está baja hasta se llega a una pequeña playa, escondida entre altas rocas, donde hay un viejo barco abandonado. Cruzando el río Mira se puede visitar la playa de Furnas, que tiene un lado sobre el río y otro sobre el mar. 

Las playas del Alentejo son muy amplias y con poca gente.

Las playas del Alentejo son muy amplias y con poca gente. Foto: Lucio Boggio.

La mejor playa de la zona se llama Malhão. Está situada a 5 kilómetros al norte de Vila Nova de Milfontes y es una playa virgen, amplia, encerrada entre dunas y murallones de piedra, con un majestuso acantilado en su lado sur. En la playa no había nadie, algunos pescadores a lo lejos, sobre lo alto del acantilado, eran las únicas compañias que teníamos. Además de las aves, claro. Pasamos una buena mañana jugando en la arena, esquivando las olas y trepando entre las rocas. No nos bañamos, porque el agua estaba fría todavía.

En la zona de la playa Malhão hay grandes acantilados.

Acantilados en la playa Malhão. Foto: Lucio Boggio.

Durante julio y agosto hay muchas actividades organizadas que se pueden realizar, como paseos a caballo, en embarcaciones, caminatas, parapentes, paintball, lecciones de surf, entre otras. Para saber qué alternativas hay fuera de temporada, recomendamos visitar la Oficina de Turismo, donde brindan un servicio eficiente y proveen de mapas, folletos y datos muy útiles sobre tiendas, bares y panaderías donde comprar buenos productos locales típicos, como los quesos curados de oveja, pastelería dulce y otros.

Nuestro descubrimiento del Alentejo continuó en dirección sur, por la costa. La playa de Almograve y luego el faro de Cavaleiro, fueron dos de los principales puntos de interés, antes de llegar a Zambujeira do Mar, un pintoresco poblado que no llega a 1.000 habitantes. Está sobre un acantilado, y tiene una hermosa playa. Muy cerca, a través de un camino de tierra, se llega a la playa naturista de Alteirinhos. Unos pocos kilómetros al sur se encuentra la hermosa playa de Carvalhal. Se accede por camino de tierra, desde el pequeño pueblo de Brejão. Un arroyo en un valle corta la playa hasta su desembocadura en el mar. Como tantas otras playas del Alentejo, encontrarla puede que no sea tarea fácil, pero precisamente por eso se tratan de playas en estado salvaje, sin ningún tipo de infraestructura.

La Ruta Vicentina, preciado destino para senderistas

Llegado este punto del viaje, estábamos por dejar el Alentejo, para entrar en el Algarve. Ambas regiones comparte el Parque Natural del Suroeste Alentejano y Costa Vicentina, que cubre 110 kilómetros de costa y casi 75.000 hectáreas. Los amantes del senderismo, tienen aquí a una de los grandes caminos europeos: la Ruta Vicentina, con un total de 350 kilómetros, desde Santiago do Cacem al Cabo de San Vicente. Viajando con niños será difícil caminarlo en su totalidad, pero las familias senderistas podrán aprovechar su buen estado, la adecuada señalización y el paisaje para pasar gratos momentos haciendo al menos una parte del trayecto.

Imagen típica del campo en el interior de Alentejo.

Campo de Alentejo. Foto: Guy Moll. Licencia Creative Commons Atributtion 2.0 Generic.

Al recorrer la Costa Alentejana, la carretera suele alejarse un poco de la playa y recorrer el campo, muy verde, con ovejas, vacas y granjas. Es un paseo muy agradable, e incluso una opción de alojamiento frente al habitual apartamento u hotel de playa, ya que hay casas rurales para turistas.

Las tres perlas del interior

La localidad de Odeceixe fue la señal de que estábamos dejando el Alentejo, para entrar otra vez al Algarve. Para otro viaje nos quedarían Beja, Évora y Elvas, ciudades con un patrimonio histórico muy importante, pero que no conocimos por estar alejadas de la costa. Beja se cree que fue fundada por los celtas en el año 400 antes de Cristo, y desde entonces estuvo bajo sucesivo dominio romano, suevos, visigodos, árabes y cristianos. Uno de sus principales edificios históricos es el Castillo, que fue construidos sobre las ruinas de una construcción romana que luego los árabes habían fortificado.

Évora es una ciudad declarada declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Se destaca por su centro antiguo muy bien preservado, parcialmente rodeado por murallas mediavales, y por numerosos monumentos de diferentes períodos históricos, entre ellos un templo romano. A una hora de coche de Évora, en dirección hacia Badajoz, está Elvas, que con poco más de 28.000 habitantes es la tercera más poblada del Alentejo. La ciudad tiene la mayor cantidad de fortificaciones baluarte del mundo, que, junto a su centro histórico, son Patrimonio de la Humanidad. Otro punto de interés de Elvas es el acueducto de Amoreira, que con sus 8,5 kilómetros de longitud, 843 arcadas y una altura de hasta 31 metros, es considerado el más grande de la Península Ibérica.

Nuestra siguiente parada fue Lagos, en el Algarve, pero eso ya fue otra etapa del viaje, muy diferente. Dejábamos atrás una región que nos había sorprendido con su tranquilidad, sus bellezas naturales en estado puro, salvajes, casi vírgenes y una limitada presencia humana.

 Texto: Lucio Boggio

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