– Mira, mama! Un guèiser!
 

“Guèiser”, catalán para géiser, fue la primera palabra que aprendió Gemma al pisar Islandia. Tenía un año y diez meses. Aún llevaba pañales.

Éramos una familia atípica. Hellen y Dani, pareja, deportistas, aventureros y amantes de la naturaleza. Vero y Gemma, madre e hija. El vínculo entre todos, ni de sangre ni contrato, era la amistad de la infancia entre Hellen (Elena, para mí siempre Hellen) y Vero, en silencio durante años hasta que nos reencontramos, rayando los treinta. Recordamos los días que nos sentamos codo con codo en clase, las manías de las monjas, los castigos en el pasillo y los cotilleos de los ex compañeros. Y lo retomamos justo allí donde lo habíamos dejado.

Tras un intento frustrado de viajar juntos a Japón, país de residencia de Vero y su marido durante años, una tarde de merienda nos descubrió que todos teníamos Islandia en el punto de mira para el siguiente verano. Pero para entonces ya no había marido, y viajar con una niña pequeña para muchos es un camino tortuoso antes de empezarlo. Cuando Dani y Hellen accedieron a unirnos para hacerlo, Vero se debatía entre “no saben dónde se meten” y “me los voy a comer a besos”. Y la idea fructificó, y nos equipamos, y valoramos la posibilidad de alquilar una caravana que finalmente rechazamos, y reservamos las granjas donde íbamos a alojarnos (muy recomendado).

Destino: Islandia. Itinerario: la vuelta entera a la isla en el sentido contrario a las agujas del reloj. Duración del viaje: 13 días, del 29 de junio al 12 de julio de 2011.

Aterrizamos en Reikiavik la madrugada del día 30 de junio en un vuelo retrasado. Logramos rascar una ducha y un par de horas de sueño antes de recoger el coche de alquiler y ponernos en marcha. Primera parada: Geysir. El entusiasmo de Gemma ante las potentes y puntualísimas explosiones de agua compensó un exceso de visitantes que, por un momento, temimos que fuera a acompañarnos durante todo el viaje. No fue así. Islandia es un rincón de mundo escasamente poblado donde la naturaleza puede seguir siendo caprichosa y salvaje a sus anchas. En todas partes hay algún viajero, pero todos gozamos del privilegio de sentirnos protagonistas en el escenario la mayor parte del tiempo.

 

Fue el día del primer picnic, la primera cascada (Gulfoss), la primera no puesta de sol y el primer contacto real con islandeses en la granja Vatnsholt Farm, de Jóhann y Margrét. Jóhann es el orgulloso padre de un cuervo, varias vacas, perros y demás animales sociables y curiosos. Gemma hizo muy buenas migas con todos (menos con el cuervo) y devoró aquella noche la sopa de verduras de Margrét.

El segundo día fue el de las cascadas: primero fue Seljalandsfoss, un precipicio de agua de sesenta metros que permite bordearlo desde el interior y absorber la fuerza del agua que te empapa la cara y el cuerpo y cuyo rugido inunda los oídos. A sus pies hicimos el segundo picnic, con una Gemma pletórica que brincaba sin tregua y que, para entonces, ya había aprendido “Mira, mama! Una cascada! Fa soroll la cascada!” (la cascada hace ruido). La misma tonadilla le sirvió también para el destino de la tarde, Skogafoss, una cortina de agua igual de alta pero mucho más abundante y contundente que la de la mañana.

Había un quinto miembro de la expedición al que ninguno habíamos visto la cara todavía y solo Vero le había oído la voz una vez, por teléfono, justo antes de alzar el vuelo. El hombre se comunicaba con Vero vía email o mensaje corto. Él insistió en que visitáramos las playas de arena negra de Dyrholaey aquella noche y nos parecieron tan impresionantes que, sin decírselo, lo “fichamos” como asesor del viaje. En algún momento amenazó con plantarse en Reikiavik con un vuelo de último minuto pero no, no lo hizo. En vez de eso, el quinto se plantó en la vida de Vero, y por extensión en la de todos, al poco tiempo.

Eran casi las ocho cuando llegamos a Dyrholaey. No había nadie; el olor a sal, el rumor del oleaje y la caricia de la arena fina bajo los pies eran solo nuestros. Desierto, auténtico, imborrable.

El tercer día nos sorprendió la lluvia. Cierto, en Islandia la lluvia no sorprende a nadie: pero precisamente ese día teníamos previstas las dos visitas que más ilusión nos hacían de todo el viaje y… ¿Y qué? Llueva o nieve, ¡vamos a ir de todos modos! Llegamos a Skaftafell. Con la niña cargada a la espalda, impermeables y botas en ristre, emprendemos la caminata hasta Svartifoss. Gemma está inquieta, patalea, llora…. Y de repente se hace el silencio. Pobrecilla, al llegar a las columnas hexagonales de basalto negruzco, va y se lo pierde. Eso sí, la mancha de baba que deja en la braga de Hellen (cojín improvisado) delata que duerme a gusto, y nosotros disfrutamos del paisaje y echamos fotos hasta que las cámaras sacan humo. Sigo pensando que unas formas tan perfectas no pueden hacerse solas. Tierra, me rindo.

Por la tarde llegamos al lago Jokulsarlon, al sur del inmenso glaciar Vatnajökull (Inciso: estamos siendo redundantes. Islandés básico para viajeros: -foss, cascada, -lon, lago, -jökull, glaciar). Cae una llovizna menuda y helada. Nos equipamos, nos colocamos los salvavidas y saltamos al barco. Y aquí, para mí el mundo se para.

Todos tenemos nuestras fijaciones, ¿no? Pues la mía era ver icebergs. Culpad a Titanic. Y allí estaban. Me agarré a mi hija muy fuerte (suerte del salvavidas) y pensé que no quería compartir ese momento con nadie. Pensé en lo perfecto que era nuestro grupo de viaje. Y en lo cortas que se quedaban y se quedarían las palabras si intentaba reproducirlo. Para muestra este párrafo.

Al día siguiente llovió copiosamente, el tipo de lluvia que no te permite disfrutar de la ruta porque la hace demasiado húmeda, borrosa e incómoda. Lo mejor del día fue la granja de Eyjólfsstadir y la amabilidad de sus dueños al aceptar el encargo telefónico de preparar un pastel sorpresa para Dani, que ese día cumplía los treinta. Gemma fue la encargada de chafarle la sorpresa “Sssht, Dani, no diguis res, eh? És una sorpresa!” (Dani, no digas nada, ¿eh? ¡Es una sorpresa!) y de entregársela, tambaleante, muy ufana ella. La gigantesca tarta de chocolate llegó sana y salva a la mesa y Dani la compartió con los demás huéspedes. Improvisada, “hogareña” pero gran fiesta de cumpleaños.

Al despertar había cesado la lluvia y ya nunca más supimos de ella. Ese día avanzamos por la costa este, visitamos la garganta de Hvannagil y volvimos a gastar los disparadores de las cámaras ante el espectáculo de frailecillos de Höfn, recomendación (¿¡orden, ruego!?) del quinto, el que decía que se venía pero nunca se vino, que para colmo resultó ser ornitólogo y tiene la foto de un frailecillo colgada en su dormitorio. Medio año después del viaje, Gemma duerme aún muchas noches con su “fraret” de peluche.

La tarde la coronó la visita a otra -foss, Hengifoss, la tercera más alta con casi 120 metros de chorro de agua. Llegar allí no fue fácil. Había una hora larga de subida y la espalda de Vero crujía bajo los casi 15 kilos de peso de la niña, así que Dani tomó el relevo. Los excursionistas que volvían nos advertían que el camino era cada vez más escarpado y que era una imprudencia hacerlo con la niña a la espalda. Dani me mira: “si te ves capaz, adelante”, le digo. Él piensa “me pesa más la responsabilidad que la niña” pero camina. Al llegar, al pie de la cascada nos encontramos con un grupo de viajeros catalanes que había en la cola de facturación del Prat y enterramos el hacha de guerra que habíamos levantado entonces: “Oiga, que las canas no le dan derecho a colarse”; “¡Pero qué humos! Total, porque van con una peque…” Agua pasada. Mucha, muuucha agua la que cae en Hengifoss.

El 4 de julio llegamos a Dettifoss. Cien metros de ancho, poderosa, implacable, preciosa desde todos los ángulos. Gemma se entretuvo tanto brincando por las piedras que todos tuvimos nuestro rato a solas con el agua. Ni siquiera recuerdo si había otros visitantes alrededor, supongo que sí, pero apenas los vimos.

De Dettifoss a Húsavik, una pequeña localidad al norte de la isla, famosa por la observación de ballenas que se pasean no muy lejos de la costa. El viaje en barco dura unas tres horas. Según el guía, tuvimos suerte: vimos a seis jorobadas y una azul inmensa paseándose con cachaza y a sus anchas por el océano. Muchos solo las vieron a través de los objetivos de sus cámaras (cada uno a lo suyo y, en todo caso, benditas digitales). El tiempo pasó volando. La última media hora Gemma y yo nos refugiamos en el interior del barco, donde la guía de un grupo de japoneses nos obsequió con una taza de chocolate caliente y unas mantas por si acaso. Al volver a tierra, el Museo de la Ballena sació nuestra curiosidad (no, no habíamos hecho los deberemos y sabíamos poco de ellas) y entretuvo a la peque una hora entera en un espacio infantil de los que en la mayoría de los museos los papis echamos de menos. Para entonces, Gemma iba contando que había visto una “balena blava molt gran” a todo el que quería escucharla.

Esa tarde llegamos a la zona del lago Myvatn donde teníamos previsto pasar los siguientes dos días. Hubiera dado para una semana. Nuestro primer destino era el cráter Viti (en islandés, “infierno”) en la caldera volcánica de Krafla. Este y el Askja se disputan la mención de cráter más espectacular de Islandia. Para nuestra suerte, al Viti se accede más rápida y fácilmente. La temeridad de hacer la ruta con un solo coche y el hinchado precio de una excursión organizada disuadieron a Dani y Hellen de llegar al Askja. Yo, yendo con Gemma, lo había descartado de antemano.

El segundo día en Myvatn lo dedicamos por entero a la ruta volcánica. Todos recordamos con especial cariño la ascensión al Hverfjall, otro cráter donde el terreno es más árido y el viento ese día era mucho más intenso. Con la ayuda de Dani llegamos arriba los cuatro, pero solo ellos lo recorrieron entero. Yo decidí volver con Gemma al coche y pasearla un rato hasta que se durmiera. No hay mejor nana que la del motor de un coche. Desde arriba, Dani y Hellen vieron como su todo terreno (con las longanizas, el queso y las barritas de cereales) les dejaban atrás sin previo aviso.

Volvimos a recogerles, claro. Y de allí a Námafjall, donde los volcanes de lodo hirviendo a borbotones, las solfataras y las fumarolas humeantes forman un paisaje que parece sacado de un cuadro polvoriento y oxidado. Uno puede pasearse libremente, pero solo en la medida que el olfato lo tolere. Aunque Hellen y yo nos criamos en un pueblo conocido por sus aguas termales, nunca antes habíamos sentido con tanta intensidad la realidad de que la Tierra hierve. De nuevo nos hicimos pequeños ante la fuerza de esa tierra implacable, arrolladora, salvaje. Terminamos el día en las aguas de unos baños termales. Gemma chapoteó encantada durante la hora larga que nosotros entregamos nuestros pies doloridos a las propiedades sanadoras del azufre.

A la mañana siguiente era el turno de Godafoss (la cascada de los dioses), seguramente la más espectacular para quienes emprenden la vuelta a la isla en el sentido contrario al nuestro. Y con razón. Pero el terreno no permite llegar tan cerca de ella como otras que habíamos visitado, y por ello nos supo a poco. Islandia es como una abuela que malcría a sus nietos con mucho de todo.

De la costa norte nos quedamos con el recuerdo de Siglufjordur, una pequeña localidad pesquera situada en el fiordo del mismo nombre. Era un día de bastante coche, y agradecimos cada minuto que pasamos entre los pesqueros, los embarcadores de vivos colores y las montañas nevadas cuyas cimas se reflejaban en el agua. Y el pastel de zanahoria, ese lo agradecieron nuestros estómagos (y la gula, más que el hambre). En algún momento paramos a visitar un cementerio, una de las manías viajeras de Dani y Hellen. Tenemos unos amigos que, allá donde van, tienen que visitar el zoo; otros que, país que pisan, país en el que tienen que buscar un Kentucky y probar el pollo. Desde luego, para gustos colores.

El quinto insistía en que debíamos llegar a la punta noroeste del país, en Látrabjarg. Y lo intentamos, al día siguiente, pero el tiempo se nos echó encima y nos perdimos el espectáculo prometido de los fiordos. Teníamos que elegir entre eso o saltar a la península de Snaefells en ferry, donde teníamos el alojamiento para esa noche.

Llegamos a la Sudur-bár Farm el 9 de julio. Eran casi las 10 de la noche. A través de las vidrieras vimos a Erna sentada en uno de los sillones de una pequeña sala de estar, con el laptop en las rodillas y una taza de café al alcance de la mano izquierda. Al minuto siguiente estaba en la puerta para recibirnos. Alta, efusiva, de mirada inteligente, nada más ver a Gemma desveló su faceta de madraza, sacó con orgullo algunos de los lienzos que su hijo dibujaba a la edad de ella y se tiró a jugar al suelo. Conectamos al instante (claro). Una hora más tarde, con una curiosidad no disimulada en absoluto, me preguntaba por nuestra particular familia de viaje y las circunstancias que nos habían llevado a Islandia, y explicaba otro tanto de ella. Comentó lo distinta que es para los islandeses la vida en verano, siempre demasiado breve y ajetreado, y en el oscuro invierno que no se acaba nunca. Lo hacía con una mezcla de resignación y orgullo, sin lamentación alguna. Deseé estar en su piel unos días: en aquel marco perfecto, entregada a su familia y a los caballos, y ofreciendo reposo a los viajeros que llegan y se van con la única misión de dejarles un buen recuerdo. Misión cumplida, por cierto.

La península de Snaefells nos encantó a todos. En apenas veinte quilómetros pasamos de los dieciséis grados de la playa de roca volcánica a los dos o tres del Snaefellsjökull. Y venga a poner capas, y luego venga a quitarlas, como cebollas. Decidimos que ese era nuestro secreto para lidiar con la variación térmica de Islandia. En la playa, Dani se ganó la ovación de todas zambulléndose en el agua como un campeón (nadie oyó el castañeo de sus dientes, para nada). En el glaciar, un par de impermeables nos sirvieron de trineos improvisados para tirarnos por la nieve, primero por separado, luego en tándem: Hellen y Gemma, Gemma y Vero, Dani y Hellen… hasta que a Gemma le entró el hambre y empezó a zamparse la nieve a puñados.

Nos acercábamos de nuevo al punto de partida. Dedicamos la mañana del último día al Langjökull, el segundo glaciar más extenso de la isla al que se accede en moto de hielo, en trineo de huskies o en una especie de autobús rompehielos. La sensación de penetrar en un glaciar me pareció similar a la de una inmersión en el océano: un entorno silencioso, inquietante, monocromo, sin principio ni fin porque lo cubre todo. Que sea blanco o negro es lo de menos.

Thingvellir fue la última parada de ese día y del viaje. Aquí convergen la placa tectónica norteamericana y la euroasiática y, por lo que supimos luego, fue la sede de uno de los primeros parlamentos allá en el siglo X. Para nosotros fue un agradable paseo, las últimas risas, las últimas fotos para despedir un viaje que había sido poco menos que perfecto.

Hubo mucho más de lo puede escribirse: Hellen y su labio morado, Dani y sus escaladas en solitario, Dani y Hellen cantando canciones infantiles en japonés (¡japonés!) que a fuerza de tanto escuchar habían memorizado, Vero y su fijación en circular con el freno de mano puesto, Gemma y los orinales (la historia de un flechazo). Durante los desayunos, Dani y Hellen nos contaban las aventuras de la noche anterior en las que Gemma y yo no habíamos participado: ella dormía, yo escribía, leía, procesaba fotos o chateaba con el quinto.

Islandia es un destino espectacular e ineludible. De NUESTRA Islandia, además de las más de mil fotos y el frailecillo de peluche, nos llevamos una carretada de recuerdos y buenos momentos y una amistad fortalecida. Una familia, unos tíos. Y ganas de volver a por lo que nos quedó en el tintero. ¿Qué será lo que tiene viajar que, cuando aún no ha terminado un viaje, uno ya está pensando en el próximo?

– Mira, mama! El guèiser!, sigue diciendo Gemma cada vez que pasa por la nevera de casa.

Vero Calafell

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