Jugando en el parque me había encontrado una muñequita azul de rasgos delicados, con el pelo ondulado rubio y pestañas largas. Llevaba un vestido blanco y tacones altos del mismo color. Mi papá me dijo que se llamaba Pitufina.

Me empezaron a contar cosas acerca de sus compañeros los Pitufos. Me decían que vivían en un pueblito azul y que cada día Pitufina se encargaba de sus flores y de cuidar y querer a cada Pitufo.

Después de muchos días preguntando acerca de estos seres azules les pregunté a mis padres si podíamos conocer el pueblo de los Pitufos.

Así que papá, mamá mi hermanito Santi y yo nos fuimos de excursión a conocer Júzcar. Un lugar pacífico, con pocos habitantes de carácter tradicional, situado en la serranía de Ronda.

Muchas, muchas curvas. A la derecha, a la izquierda, a la derecha, a al izquierda. ¡Nunca llegábamos! Hasta que por fin vimos a lo lejos un pueblito que destacaba a lo lejos entre los árboles y plantas por su color.

Tardamos en llegar un buen rato. Que pueblo más bonito! Todo pintado del mismo color. Un azul intenso. Llamamos a la primera puerta TOC, TOC, TOC y no nos contestó nadie, ni en la segunda ni en la tercera………no siquiera en la de papá Pitufo. Incluso nos acercamos a la casa de Gargamel.

Un poco cansados después de caminar durante un buen rato yendo de puerta en puerta. Oímos a lo lejos que sonaba música de fiesta. ¿Música de fiesta?

Corrimos con las pocas fuerzas que nos quedaban y detrás de la pitufopared estaban de verbena. Todo el Pueblo de Júzcar reía, bailaba y saltaba con los turistas que iban a pasar el día

Nosotros en familia también nos pusimos a bailar y darnos besos de contentos. Que día tan increíble pasamos. Hasta conocí a la verdadera Pitufina. Bueno glups, un poco rara era.

Y azulín, azulado este cuento se a acabado.

A pitufar!!!

Bárbara Solorzano