TOP »

junio 11, 2012 – 5:32 pm | 8 Comentarios

Ya está aquí la segunda edición actualizada y ampliada. Se trata de la primera y única guía temática donde encontrarás una exigente selección de 187 alojamientos de toda España situados en plena naturaleza que son especialmente recomendables para todas aquellas familias que viajamos con nuestros hijos, probablemente la mejor guia de turismo rural con niños de España.

Lea la historia completa »
Turismo rural
Destinos
Experiencias
NUESTRA RUTA

Un viaje en familia por Ecuador, Pamamá, Costa Rica y Nicaragua. ¿Nos acompañas?

Libros y publicaciones
Home » Ecoturismo, Experiencias

El paraiso está…en algún lugar: descubre la belleza de lo simple

Enviado por en enero 1, 2012 – 9:00 pmSin comentarios

Nuestro pequeño mundo, que creíamos tan seguro, parece desmoronarse a nuestro alrededor. Leyendo los titulares de los periódicos, hablando con los amigos, sientiéndolo en carne propia. Más que una crisis, una gran y macabra broma, una auténtica estafa de dimensiones nunca vistas.

A menudo uno tiene ganas de cerrar los ojos y dejarse llevar, tal vez volando y viajar lejos, lejos…a un lugar como este plagado de playas vírgenes donde la infamia no existe y los malos al final siempre pierden. Te proponemos que lo hagas a alguna parte, un lugar muy especial, desnudo y auténtico que está fuera y a la vez dentro de ti. Puedes llevarte allí a tus hijos. ¿Nos acompañas?.

Publicado originalmente en la revista Naif Magazine  en su número de junio de 2011 especial viajes una familia nos cuenta sus vacaciones en una playa desierta donde fueron felices sin televisión, internet, luz ni agua corriente. Descubre la belleza de lo simple:

“No voy a contar la verdad. No voy a decir dónde se encuentra nuestro paraíso o lo que hasta hace poco era algo muy parecido a él. A quien le interese, buscará cual detective las pistas y si algún día llega a una de las playas más hermosas de esta parte del mundo, mantendrá el secreto. No masificará las ganas de contemplar el horizonte en la quietud del silencio, no masificará la muerte de cangrejos, no llenará las playas de basura, cuidará aquellos pequeños detalles que forman parte de ese mundo mejor que todos necesitamos predicar, cada vez con más ansias y con volumen más alto.

El lector que lea estas líneas, pensará en la gran diferencia entre turista y viajero. Sólo de esta manera hallará nuestro lugar… aunque ya sea un poco tarde y los cangrejos hayan sido casi arrasados, los helicópteros en busca de localizaciones para anuncios ya hayan llegado, como las colas para comprar y los campos llenos de bolsas de plástico.

Llegamos un día de enero de hace unos años. Cuando Pedrito tenía 6 años y Gema 4 meses. Era nuestro primer viaje-vacación en esta nueva familia que comenzábamos a ser. Hacía mucho calor. Aventureramente, habíamos cruzado el río sin saber donde dormiríamos, ni en qué pueblo ni en qué cama. Las ofertas de Internet habían resultado todas fallidas, aquellos lugares donde en las fotos el verde era verde, resultaba que era gris.

Anduvimos, anduvimos, vueltas y más vueltas. Al llegar a una playa que un amigo de un amigo había dicho que era linda, nos detuvimos con más detalle… Y nada. Ya no quedaba nada libre. El verano estaba en su plenitud y nosotros habíamos llegado tarde. Nuestro espíritu de antaño de viajeros sin rumbo se empezó a achicar cuando Gema comenzó a reclamar comida para comer, cuna para dormir, pañales para cambiar, baño para relajar.

Decepcionados, sin muchas alternativas, abandonamos el pueblo rumbo a la carretera para seguir hasta el siguiente pueblo desconocido, más cerca de la frontera, más lejos de nuestra idea original. Por el camino central de piedras color ocre, a unos 100 metros antes de la salida, fue donde vimos, como una aparición mariana, a Doña Chaya cargando dos enormes baldes de agua ella solita con su cuerpo pequeño pero firme. Cuando nos acercamos descubrimos las huellas del tiempo en su rostro, su edad indefinida, sus ojos vidriados, su sonrisa de pocos dientes. Ezequiel, por esa intuición rutera, clavó los frenos, se bajó decidido y le preguntó si sabía de alguien que tuviera un lugar para dormir esa noche. Ella, con voz cansina y suavecita dijo:

- Sí, tengo una casa… pero queda lejos

- No importa, ¿quiere subir al auto y vamos a verla con ud.?- dijo Ezequiel

- Bueno, espere que llevo el agua que ya no me queda casi

- … la ayudo

- Gracias…

Esperé en el auto. Pedrito, ya aburrido de aburrirse, dibujaba sin muchas ganas. Gema, después de su teta correspondiente, dormía. Le hicimos un lugar a Doña Chaya en el auto cargado de objetos útiles para una vacación playera lo mas fructífera posible: cubos y palas, cañas de pescar, juegos de mesa, libros, ordenador portátil, comida enlatada, etc.

“Lejos” quería decir lejos de las tres manzanas que tenía el “centro “ del pueblo, pero la casa que Doña Chaya nos estaba ofreciendo por la mitad del precio que veníamos escuchando, estaba a 30 metros de la playa, solitaria, con todo el horizonte de campos sembrados de fondo, todo para nosotros… el mar y el campo. Ella dijo con tono de excusa, pensando que veníamos en plan turistas convencionales, “no tiene luz, tiene agua de pozo y está lejos del centro”. Justo las tres mejores variables que podíamos esperar, nosotros los que queríamos seguir siendo viajeros a pesar de nuestras nuevas canas, nuestra familia ampliada y nuestras obligaciones urbanas con fechas de retorno.

El pozo casi seco con la sequía que azotaba ese año a la región, funcionó después de que Ezequiel sacara a relucir sus conocimientos de fontanería. No nos faltaba nada más que saltar y bailar de alegría. Dejamos todas las cosas preparadas para antes de que viniera la noche sin luz (camas hechas, cubos del baño llenos, botellas de agua filtrada todas listas, leña cerca de la chimenea, linternas y velas en lugares estratégicos, junto a una firme lección a Pedrito sobre cómo no incendiar un rancho de paja sin luz eléctrica), y nos fuimos a la playa. Con solo subir una lomita… allí estaba mi mar… el mar más lindo de todos los mares que conocí (Caribe, Báltico, Mediterráneo, Tirreno, Atlántico, Pacifico). Ningún mar se parecía a este mar.

Su temperatura era ideal, ni frío ni caliente; sus olas del tamaño justo para saltarlas junto a Pedrito que le ponía tanta pasión como poca precaución; su arena fina pero apta para castillos con planos arquitectónicos o milanesas humanas en su defecto; a unos pocos metros un desierto de medanos con hormiguitas expedicionarias que salían de noche para llegar a la otra punta al día siguiente; niños saltando felices con tablas caseras que alquilaba Don Hugo; y un arroyo dulce que en ciertos días llegaba a fundirse poéticamente con el mar. No necesitábamos más nada. Habíamos encontrado nuestro lugar en el mundo.

Dos años más tarde volvimos de vacaciones a la misma playa, la misma casa, al mismo mar. Gema con 2 años. Pedro con 8. Ezequiel con un kayak nuevo. Yo con el sistema reseteado.

Pescamos. Tuvimos un perro adoptivo que Pedrito bautizó Puffle y Gema llamaba Pufil. Comimos pizzas cuadradas riquísimas, pollos de campo dorados. Lavamos los platos por turnos en igualdad de condiciones. Gema aprendió a respetar el fuego, conoció a su amiga Uma, con la que jugó con palitas de colores, comió galletitas, se mojó con la espuma. Ezequiel descubrió pescadores con quienes compartió información fresca de dónde encontrar alimento. Yo llegué a cumplir la autoapuesta de leer los tres libros inconclusos.

Subimos a nuestro nuevo vehículo acuático amarilllo y descubrimos que la libertad tiene una velocidad tan pausada como profunda, tan hermosa como frágil, tan preciada como amplia. Tan horizonte. El instante en el que me detuve flotando, con mi hijo acurrucado junto a mí, remando hacia nadie sabe dónde, con el único sonido del mar y el choque del remo contra el agua, supe que ése era el formato de mi felicidad.

Al par de días, sin decir nada, Pedrito agarró los remos, se puso el salvavidas y se fue a remar solito. Todo le quedaba enorme pero él estaba cómodo, sin miedo, y cuando quiso volver, volvió hacia los que lo esperábamos maravillados en la orilla.

Desde entonces hasta ahora nosotros hemos crecido. ..Y el lugar también. El pueblo ya tiene luz. La casa tendrá luz el año que viene. Por eso quizás esta sea una despedida. Me parece que no quiero luz, ni progreso, ni ruidos. No quiero dejar de ver todas las estrellas posibles.

Me parece que no quiero luz… prefiero la propia.”

COMO VIVIR SIN COMODIDADES…Y CON NIÑOS

Tener cuidado con el fuego en todas sus versiones: vigilar que no chorree el alcohol de la serpentina que calienta el agua de la ducha, apagar siempre las brasas prendidas en la chimenea, colocar las velas en portavelas y controlar los objetos circundantes, y no dejar velas encendidas durante la noche.

Tener siempre a mano y en el mismo lugar las linternas, preferentemente que sean de dinamo.

En el botiquín: gasas, cremas para quemaduras y lo habitual para todo viaje.

No beber agua de pozo. Tener cantidad suficiente de bidones vacíos para cargar en la fuente potable del pueblo.

Pensar comidas que se cocinen con un solo fuego.

Llevar neveras portátiles y calcular siempre el abastecimiento de hielo.

Comprar sólo los lácteos necesarios para no desperdiciar comida.

Tener muchas frutas frescas y verduras de cocción rápida.

Mantener una botella de agua potable en el baño para el lavado de dientes e higiene personal.

Para evitar el síndrome de abstinencia del ordenador y la TV, llevar algún juego a pilas para que no sea tan violenta la desconexión, libros, papel y lápices y juegos de mesa.

Textos por GABRIELA ROJAS

Fotografías:  EZEQUIEL PONTORIERO

 

 

 

 

 

 

Artículos relacionados:

Etiquetas: , ,