“Nuestra ruta por Tailandia”
13 de enero de 2010, 02.00am
“Todavía acabando de preparar el equipaje… salimos con el vuelo de las 7 de la mañana. Marcelo vendrá a buscarnos y nos llevará al aeropuerto. Buen colega, nuestro amigo, el uruguayo!
Mañana… ops! hoy ya, es mi cumpleaños, y tengo el mejor regalo que podría desear: nos vamos toda la familia a Tailandia, a rular dos o tres meses, sin rumbo ni destino fijo.
Marcelo llegará puntual, y cuando estemos subiendo al coche, Susana, nuestra vecina, saldrá al balcón en camisón para desearnos un buen viaje.
Llegamos al aeropuerto y buscamos nuestra terminal:
- ¿Vía dónde voláis? – pregunta Marcelo.
- Viajamos con una compañía árabe, via Qatar – le respondo yo.
- Sí -comenta Jose – por dónde los del Rally París -Qatar !
Anerís no se pierde detalle. No está acostumbrada a madrugar, y nota que algo especial y emocionante está empezando. Todo es nuevo y sus ojitos menudos no pierden detalle.
Nunca se lo confesé a nadie, pero recuerdo que de repente, un MIEDO incontrolable se apoderó de mi, y viví todos los peligros y riesgos posibles que podía imaginar, … que podían pasarle a nuestra pequeña. ¡¡¡Pánico!!!! por favor, que todo vaya bien…. , susurré alzando la vista. Que no le pase nada a Anerís. Y me sentí terriblemente desprotegida ante el misterio del viaje a un sitio desconocido, sin dominar el idioma, sin saber lo que nos esperaba…. Por unos momentos la emoción de lo desconocido se convirtió en un incierto amenazante.
La receta del viaje: información, cautela, decisión, y sobretodo una gran dosis de confianza. ¿Por què no iba a ir bien? si nunca ha pasado nada…. Pero ahora era distinto… qué diferente se ve y siente todo cuando se es padre, ¿verdad?
Una vez sentados en el avión ”catamos” la primera experiencia de lo que será viajar con un bebé. Nos llenan de juguetes y chorradas (mira que nos habíamos salvado del muñecote éste de Bob Esponja, y ahora aquí estamos, con la almohada, el lápiz, la pizarrita, el cuento, el peluche y la gorrita….). Enfín, todo sea para distraer a Anerís, que ya se está poniendo nerviosa con esto de tener que estarse quieta y atada en el regazo de mamá.
Tenemos una pequeña cuna colgada del panel de enfrente, y cuando conseguimos que Anerís se duerma, las turbulencias encienden la lucecita de ”abrocharse los cinturones”.
- Tiene que coger a la niña – me dice la azafata.
- Por favor, que se acaba de dormir – le suplico yo.
La chica me mira con cara de ” se siente” y continúa su ronda.
Anerís BERREA. No sé cómo calmarla y el vecino de la fila del lado, nos empieza a mirar mal. La azafata vuelve.
- Háganla callar como sea …
Yo me la miro atónita, con la peque enganchada a la teta y moqueando.
Suerte que Jose no habla inglés que sino el avión se queda sin asistenta de vuelo. Cuando se lo traduzco casi la muerde!.
Yeeeah!!!, creo que no nos vamos a aburrir. ¿Queríamos salir de la rutina? aquí está Mireia, prepárate para todo.
24 horas más tarde llegamos a Bangkok. Colas inmensas, papeleo , pasaportes, …mucho oficial con uniforme militar, y….. primer tanto a favor de la peque!!! una cola especial para viajeros con niños. ¡Olé!
A lo largo del viaje, los Tailandeses nos mostrarán en muchas ocasiones su gran amor por los niños. Por Anerís, nos invitarán a entrar a las casas de las gentes, iniciaremos conversaciones con gentes locales tímidas y cariñosas, nos juntaremos con otras familias viajeras con niños, conoceremos otras parejas con bebés y compartiremos la emoción de ver nuestros pequeños en esos paisajes exóticos, libres y espontáneos.
Todavía en el aeropuerto, se nos acerca una señora japonesa y nos pide si puede hacerse una foto con la niña.
- Claro -le decimos- no problem.
Pero ya se sabe que los japoneses nunca van solos. Y de repente, -no me preguntéis de dónde-, empezaron a salir japonesillos de todos lados – disparando sus cámaras y pasándose a nuestra hija de brazo en brazo.
Anerís se deja hacer, y nosotros nos reímos. Finalmente , ¡todo tiene un límite señores!, conseguimos que nos ”devuelvan” a nuestra hija, y nos dirijimos a una cola de viajeros, para facturar en el vuelo doméstico que nos falta para llegar a destino.
Qué felices que estamos, qué cansados, qué se yo… ¡qué Despistados! Pues que nos olvidamos la mochila en medio de la terminal!!. Con tanto revuelo con la sesión de fotos, nos dejamos parte del equipaje…
Una familia thai que habían presenciado el numerito ”japo”, nos la acercan, y nosotros se lo agradecemos y aprendemos nuestra primera palabra en tailandés ”Kopun Kha” -muchas gracias.
Seguimos en la cola. Facturamos y nos dirigimos a la puerta de embarque.
Alguien nos persigue: que se dejan los passports!!!!!!!
Así comienza nuestro viaje, y así continuará durante las diez semanas que nos pasaremos por el país. Momentos de risas, de sentir que la ”providencia” nos acompaña, de dejarnos llevar por el momento, de replantear los planes, y en definitiva de abrirnos a lo desconocido y a las sorpresas que el viaje nos ofrece.
Dicen que en la vida cuando uno deja de planificar y buscar, es cuando encuentra. Aunque … cuesta tanto llevarlo a cabo!
El viaje es el mejor terreno para practicar esa actitud de ”no apego a los deseos y expectativas”. Al desconocer el lugar, no puedes predecir lo que te espera , no hay más opción que abrirte a vivir lo que sea que se presenta.
¿Momentos de bajón? pues claro, cómo no!!! – o vosotros no tenéis broncas cuando estáis cansados y las cosas no salen cómo esperáis? , cuando el del taxi te dijo que ”tanto” y a la que llegas a sitio te pide el doble; cuando sabes que te la están metiendo y no tienes más remedio que tragar; cuando pierdes el barco porque los de la agencia te quieren enchufar una noche de hotel a toda costa; cuando los mosquitos te taladran; cuando el vecino de bungallow regresa de fiesta a las 5 de la mañana y te despierta a la niña; cuando resulta que hemos ido a petar a un lado de la isla de la que sólo puedes moverte si alquilas un coche a precio de oro; cuando ése fantástico coche te deja tirado en la primera pista que te metes; cuando tu colega quiere ir para el sur y tu quieres norte; cuando tienes la ”chepa” destrozada de cargar a la peque en la espalda y no hay más que continuar; cuando te acosan para venderte cualquier chorrada; cuando no encuentras alojamiento en toda la ciudad por no sé qué fiesta de las flores; cuando por unos espaguettis rancios los tres pillamos las cagarrinas de la muerte!!
Pero un año más tarde, lo que más recordamos son los buenos momentos, lo que aprendimos, los amigos que hicimos, y los paraisos preciosos que descubrimos.
Primero pasamos 3 semanas en el sur en la península de Krabi en una playa llamada ”TonSaiBeach” en la que se reúnen mochileros de todo el mundo con ansias de escalar preciosas paredes, acantilados e islotes que salen del agua desafiando la gravedad. Unos días de playa y deporte, fantásticos para empezar nuestra pequeña aventurilla.
Allí probamos nuestros primeros ”pad-thai”, un plato típico de fideos salteados con verduras o pollo, y otros manjares suculentos que dos meses después nos saldrían por las orejas. Reconozco que no fuimos muy originales o atrevidos con el tema gastronómico, pues en todo había alguna especie ”ligeramente” picante que nuestra hija rechazaba, por lo que arriesgamos poco y tiramos a lo seguro.
En una ocasión Jose se lanzó a comer unos pinchitos de pollo churriscadito que vendían en el mercado, y al primer mordisco se dió cuenta de que eran culitos de pollo! Otro día, ante la mirada burlona y desafiante de unos campesinos, comió unas cositas negras que tampoco resultaron estar tan mal: hormigas a la brasa.
Con las cucarachas no se atrevió.
Los pañales los venden por unidades, y cada uno te puede valer facilmente lo que equivale a un euro. ¿Cada caca por el precio de una cerveza? Anerís cariño, llegó el momento de sacar los pañales! Además, …te imaginas lo que es viajar con la mochila, el equipo de escalar, y encima el paquete de Dodotis?
En cuanto al equipaje , ya la primera semana empaquetamos cosas para enviar de vuelta a casa. Al final, más que la razón o previsión, quien decide lo que es necesario llevar o no, es la espalda que debe cargarlo. Acabamos vendiendo la cuerda de escalar, y a medida que leíamos la novela que nos tenía pillados y fuimos incapaces de dejar en casa – 800 pág por cierto- arráncabamos las páginas y abandonábamos las aventuras de nuestra heroina Salander en bungallows, hoteles y terminales de autobús.
Poquito a poco fuimos pillándole el truquillo al viajar. Viajar con un niño es mágico y especial, pero también incómodo y a veces suuuuper-cansado. Aprendimos a desplazarnos de día, disfrutando de los trenes, los retrasos y las esperas, cómo una actividad más en nuestro programa de las vacaciones; a evitar los horarios extremos de grandes madrugones o viajes nocturnos; a destinar unos días de adaptación en cada nuevo sitio por poco interés que pudiera tener el lugar, etc…
Así llegamos al norte del país, con ganas de respirar un poco más de sabor oriental y esencia budista. El sur es muy bonito, pero está tan preparado para el turismo, que a veces puedes olvidarte de estar en un país asiático y confundirte con cualquier otro destino tropical.
Llegamos a Chiang-Mai y nuestros ojos se tiñen de dorado, naranja, ocres y mil tonos de colores. Templos y más templos con budas de todos tamaños, monjes de todas edades, y olor a incienso, frutas y ofrendas.
El paraiso de los masajes, de la artesanía de los pueblos de las montañas, de los cursos de yoga, de reiki, de cocina.
No sé que tendrán los zapatos, pero a Anerís le encantan. Desde pequeña, que se distrae poniéndo y quitando nuestras chanclas, botas y zapatillas. Y ahí pues!!!!! qué maravilla la entrada de los templos!, pero si puedo cambiar éste de sitio, y juntarlo con éste otro! y mira! uno de azul y otro de verde… y una sandalia de tacón…con una de plataforma…..y …y…. todos para mi solita!!!!!
Los mercados son impresionantes y aunque yendo con un bebé es un poco duro (mirar, y no tocar? ¡ qué me pisan a la niña! qué la pierdo! está contigo la peque?) los disfrutamos deleitando nuestros sentidos con colores y olores infinitos.
Saturados ya de ciudad, decidimos continuar el viaje hacia el norte, buscar algo de naturaleza y experimentar un estilo de vida más rural y campesino. Descubrimos una comunidad de permacultura, en la acogían a woofers o viajeros, que a cambio de algunos baths, dólares u horas de trabajo, conseguías alojamiento y comida. Allí aprendimos cómo aprovechando los recursos naturales de la zona construyen sus viviendas, fertilizan sus tierras, cultivan, riegan, abonan, elaboran comidas, reciclan e inventan,…..
Disfrutamos cavando , jugando en el barro, moldeando ladrillos de adobe, haciendo jabón y tintes naturales, …..
-“Y pa eso os váis al otro lado del mundo? “- comenta mi suegro a la vuelta. “Pero si en el pueblo todas las casas son de barro, mecagoendiez!”
Y claro, tiene razón el buen hombre. No hace falta ir tan lejos … pero a veces sí que es necesario salir de la rutina de uno, de la cotidianidad y del ritmo de cada día, para abrirse a nuevas experiencias y conocimientos. Y para eso, el viaje es ideal.
Acabamos nuestra aventura en Bangkok, “confundidos” por la mezcla de progreso y modernidad, masificación, miseria urbana, y tradición.
Una ciudad preciosa en la que descubrimos cientos de Bangkoks.
Un viaje al pasado y al futuro.
Todo lo que empieza acaba.
Diez, casi once semanas de intensidad, de experiencias y emociones. Un poco de todo, buenos momentos, algunos de fáciles, otros de no tanto…. pero en definitiva, experiencias de vida y aprendizaje profundo. Como pareja crecimos, como familia compartimos, y como personas, creo que nos nutrimos de una gran dosis de vida.”
Mireia Reig
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