“Portugal con nuestra peque: nuestro sol de invierno”
Portugal. 28/12/2011-10/01/2012
Este viaje ha sido muy especial, el primero que hacemos con la pequeña Naia, de nueve meses. ¿Y porqué Portugal? Para pasar unos días bajo el sol en invierno, y comer bien, y empaparnos de la tranquilidad y la simpatía de sus gentes, y muchísimas cosas más que nos quedaban por descubrir durante las dos semanas que teníamos por delante.
Nuestra primera parada es Lisboa. Lisboa es una ciudad pequeña para ser una capital, manejable, que conserva su encanto y se resiste a la invasión de lo rápido y lo ultramoderno. Todo parece un poco descuidado, y en algunos barrios flota un olor como a anticuario. Nos alojamos en el Hostal Amazonas, una antigua pero impecable casa de huéspedes situada en el barrio de Santos. Encontramos este pequeño hostal en esta web una excelente alternativa a los hoteles convencionales, ya que en esta página se ofertan alojamientos locales, muchas veces en la propia casa de los dueños, y apartamentos.
Fue una gran suerte dar con este hostal, regentado por Antonio y su familia. La casa es muy antigua, pero cómoda y acogedora. Dispone de cocina y lavadora, y amplias habitaciones con vistas al río. Los niños son muy bienvenidos en esta casa,estaban como locos con Naia, y nos sentimos en familia en todo momento. Incluso nos invitaron a cenar con ellos en Nochevieja, fue un detalle muy bonito y una noche que recordaremos con mucho cariño.
Santos es un barrio tranquilo, a unos 20 minutos andando del centro. Como ya he comentado Lisboa no es una ciudad muy grande, y aunque está muy bien comunicada con autobuses, metro y tranvías, es una ciudad para andarla. La mayoría de las calles son de adoquines, algunos tramos no están en muy buen estado, y hay muchas cuestas y bajadas, así que lo mejor opción es el portabebés, para poder llegar a todos los rincones. El primer día visitamos el barrio de Belem, a unos 30 minutos en tranvía desde Santos. Belem es el símbolo de los descubrimientos, de donde zarpaban las embarcaciones en busca de lo desconocido. Hay un bonito paseo por la orilla del río, desde el Monumento a los Descubridores a la Torre de Belem. Además el día acompaña, y la calle esta llena de vida, músicos, mimos, pintores… y podemos ver como Naia se contagia de toda esa energía, lo mira todo, sonríe, ¡qué contenta está!
En Belem también se puede visitar el Centro Cultural de Belem, que tiene un variado programa de conciertos y exposiciones, y el Monasterio de los Jerónimos, que es impresionante.
Hay algo que no os podéis perder: los pasteles de Belem. En Portugal vais a ver pasteles de nata en todas partes, unos pastelitos de hojaldre rellenos de crema tostada. Pero los mejores sin duda son los de la Antigua Confitería de Belem. Aquí se pueden comprar para llevar, o comerlos en uno de los salones de esta pastelería, abierta desde 1837. Te los sirven calentitos y riquísimos. Está siempre abarrotado y hay que esperar cola para sentarse, pero os aseguro que merece la pena.
El Segundo día nos fuimos de excursión a Cascáis, un pueblo de playa a una media hora de Lisboa. Según tengo entendido en verano está abarrotado de turistas, pero en invierno es muy tranquilo. Visitamos la Casa Museo de la pintora portuguesa Paula Rego, y cogimos el autobús en dirección a Sintra. Se nos hizo un poco tarde y empezaba a anochecer, así que decidimos que volveríamos otro día con más calma. Más adelante contaré más de Sintra, una ciudad de cuento de hadas.
Nos quedamos otros dos días en Lisboa, dedicándonos a lo que más nos gusta cuando viajamos. Callejear y perdernos. El Barrio Alto y Alfama, son los barrios más antiguos de Lisboa, de calles estrechas y empinadas. Hay miles de lugares donde pararse por el camino, tiendas de artesanía, de bacalao en salazón (las olerás antes de verlas), pequeñas licorerías y pastelerías y muchos restaurantes y tabernas típicas. Si queréis escuchar Fados, Barrio Alto es dónde.
Un paseo que nos gustó hacer, es subir hasta el Castillo de San Jorge desde el barrio de Alfama. Es cuesta arriba todo el tiempo, pero pasaréis por la catedral y por el mirador de Santa Catalina. Desde el Castillo de San Jorge hay unas vistas preciosas de Lisboa. Luego es buena idea desde el Castillo, coger el tranvía 28, en dirección a Estrela. La línea 28 es la más antigua de Lisboa y los tranvías son viejos, como de película. ¡Naia se lo pasó genial en el tranvía! Esta siempre llenísimo de gente, pero recorreréis toda la parte vieja de la ciudad. Por cierto, para el transporte, lo mejor es comprar unas tarjetas recargables que venden en las estaciones y en algunas librerías, valen para metro, autobuses, tranvías y trenes de cercanías, y se recargan en los puntos de venta. Os ahorraréis bastante.
Uno de los sitios que más nos gustó de la ciudad es el parque de Estrela, un rincón perfecto para descansar, para estar. Hay cientos de plantas y árboles diferentes, y quizá fue porque era invierno y estaba tranquilo, pero se respiraba paz. Naia empieza a dar sus primeros pasos agarrándose a los bancos del parque, y se lo pasa genial enredando con la tierra y las piedras.
Al siguiente día dejamos Portugal, temprano por la mañana cogemos un tren hasta Évora, el la región del Alentejo y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Aquí paramos solo un día. Es una ciudad bonita, con un punto misterioso y de gran riqueza cultural. Dimos un paseo por la tarde por la parte vieja, de casas blancas y amarillas, y no nos cruzamos con nadie. Parecía un pueblo desierto. Hay muchas tiendas de artesanía donde podéis ver la cantidad de cosas que se pueden hacer con corcho. Portugal es un importante productor de corcho, y con él fabrican infinidad de cosas: gorras, cinturones, libretas, llaveros, bolsos… de todo. En Évora probé el cerdo a la alentejana, que es cerdo con almejas. ¡Suena raro pero está muy rico!
Nuestra siguiente parada es el Algarve. Así que desde Évora cogemos un tren rumbo a Faro. El tren es una muy buena opción para viajar por Portugal. Es rápido y muy cómodo, y el precio es más o menos igual que si viajas en autobús.
Faro nos dio muy buen rollo desde el principio. Es una ciudad de mar, y a mí me encanta el mar. Nos llevo toda la mañana buscar un sitio para dormir. Los precios nos parecían muy caros, y buscamos, y preguntamos, hasta que un hombre nos sugirió preguntar en una casa en la parte de arriba de un restaurante, el Capitao Mor. Y ¡bingo! Este era nuestro sitio. Los mismos dueños del restaurante llevaban un pequeño hostal, de cuatro habitaciones. Las habitaciones son acogedoras y limpias, y lo mejor es la terraza, con unas bonitas vistas sobre los tejados de la ciudad, y que compartimos con Prince, un perrito que ladraba mucho y que a Naia le asustó al principio un poco, hasta que empezaron a jugar juntos.
Esa tarde paseamos por la parte antigua de la ciudad, por dentro de la muralla. ¡Qué silencio! Al anochecer la gente se recoge en sus casas y no hay ni un alma en la calle. El cielo está estrellado y la noche es templada. Estamos muy contentos de estar aquí, y de que Naia nos acompañe en este viaje.
Al día siguiente cogemos un catamarán hacia Isla Desierta. En faro no hay playa, te tienes que ir a una de las islas cercanas, cruzando el río. Isla Desierta está como a una media hora de Faro, y como su propio nombre indica, allí no hay nada más que kilómetros de arena y dunas. Las corrientes marítimas traen millones de conchas a la costa, así que nos pasamos el día jugando en la playa y recogiendo conchas, ¡algunas enormes! Es la primera vez que Naia juega en la arena, y le encanta. Orlín, que es muy valiente, se da un chapuzón. El agua está fría, pero qué gustazo zambullirse en el mar en pleno enero. A la vuelta, vimos una preciosa puesta de Sol desde el catamarán, de regreso a Faro.
Un sitio curioso es la Playa de Faro, donde pasamos el día siguiente. Está a media hora en autobús, en dirección al aeropuerto. Aunque es una isla, se puede ir andando, cruzando un puente. Y digo que es curioso, porque una parte de la isla se ha desarrollado turísticamente, con apartamentos y restaurantes, casi todos cerrados ahora en invierno, pero en la otra parte de la isla, es donde viven los lugareños, en modestas casas blancas a la orilla del río o del mar, ya que la isla es muy estrecha. Otra vez, nadie en las calles, bueno, en la calle que cruza el pueblo. Solo unos cuantos perros que vaguean al sol y alguna señora mayor tendiendo ropa. Compramos algo de pan y queso en la tienda del pueblo y comemos en la playa. No hay nadie. Naia juega con la arena, y las olas rompen con su música de mar en la orilla.
Nuestra siguiente estación es Tavira, a una hora de Faro en autobús. Llegamos pronto por la mañana, y nos sentamos en una terraza al sol. Orlin, le pregunta a la camarera en inglés, si conoce algún buen sitio para dormir. No se pueden comunicar bien, por el idioma, y cual fue nuestra sorpresa al día siguiente cuando volvimos y descubrimos que es búlgara igual que él. Qué cosas tiene la vida. Encontramos alojamiento en un hostal, el Residencial Lagoas donde fuimos los únicos huéspedes. Lo mejor del sitio, las terrazas desde donde se puede ver toda la ciudad. Tavira es una ciudad elegante, muy bonita, y hay muchas cosas para hacer, museos, Iglesias y una interesante cámara obscura construida en un tanque de agua desde la que se ve toda la ciudad en tiempo real. Ahora en invierno se está tranquilo.
El Algarve como ya sabréis es una zona muy turística, y puede resultar agobiante en verano. Creo que merece la pena visitarlo en invierno, además los precios bajan hasta la mitad en los alojamientos. Paseando por Tavira se puede ver que esta fue una ciudad importante, por la cantidad de iglesias y colegios que hay, y que ahora están cerrados. Tavira tampoco tiene playa. Como en Faro, hay que coger un catamarán para llegar a Isla de Tavira. En esta isla hay un camping y un montón de chiringuitos y restaurantes que abren sólo en verano. Así que lo que nos encontramos allí otra vez fueron paisajes de arena, silencio y el mar. En Portugal acampar es una muy buena opción si el tiempo acompaña. Los campings están muy bien y los precios son casi simbólicos. Aunque nos gusta Tavira, decidimos volver a Lisboa el ultimo día, para poder volver a Sintra.
Esta vez llegamos a Sintra temprano. El paisaje es espectacular, naturaleza en estado puro, y entre la frondosa vegetación emergen grandiosos palacios, o se esconden parques bajo la sombra de los árboles. Esta ciudad es una joya. A Sintra hay que venir con ganas de andar, ¡y andar cuesta arriba! Sin embargo hay un autobús que te lleva a los principales puntos de la ciudad. Nosotros visitamos el Palacio de Pena, uno de los edificios más bonitos que he visto en mi vida, situado en la parte más alta de la ciudad, así que las vistas son increíbles. Naia estaba muy contenta y alerta este día, los árboles le llaman mucho la atención, se lo pasó en grande cogiendo hojas de las ramas. ¡Por cierto! En Sintra venden unas quesadas pequeñitas, que están muy ricas.
Este día fue el final perfecto para nuestro viaje, que ya se acaba. El viaje que recordaremos siempre, el primero con nuestra hija. Puedo decir que ha sido la mejor experiencia viajando que hemos tenido. No tuvimos que irnos muy lejos, ni buscando grandes aventuras. Lo único que hizo falta fue la compañía de nuestra enana.
Una de nuestras motivaciones cuando viajamos es descubrir la gastronomía de los países que visitamos, así que para terminar, me gustaría hablar un poco de lo que se come por Portugal. Aquí no vais a encontrar platos exóticos ni nada que no os resulte familiar. Encontré muchos platos similares a nuestra cocina, lo cual es lógico, somos vecinos. En Portugal se come mucho y bien. Es cierto que si sois vegetarianos tendréis que buscar un poco, porque aquí se come mucha carne. Las porciones son siempre enormes, y si no tienes mucha hambre lo más prudente es pedir media ración. Cuando llegas a un restaurante, te ponen siempre en la mesa unos platitos con aceitunas, pan y mantequilla y algo de queso. Te cobran por lo que te comas, en algunos sitios avisan, pero en otros no.
El bacalao es uno de los platos nacionales, y los portugueses dicen que saben 365 maneras de cocinarlo. A mí me encantó el bacalao con natas, que es bacalao con patatas desmigado con crema y al horno. Hay muy buen marisco, y una forma muy rica de comerlo es en una cataplana. La cataplana toma su nombre del recipiente donde se cocina, una olla de cobre. Es un guiso de pescado y marisco con una salsa que lleva mucho ajo y mucho vino. Para comer una buena cataplana, recomiendo el restaurante Capitao Mor, de los mismos dueños del hostal en el que nos alojamos en Faro. Como ya he comentado se come mucha carne, principalmente de cerdo. Hay un montón de asadores, llamadas churrasquerías, donde sirven enormes cantidades siempre acompañadas de arroz y patatas fritas. El caldo verde también es muy popular, es una sopa de col muy rica, pero ¡cuidado los vegetarianos! También lleva carne, una salchicha parecida al chorizo. Si tenéis muchísima hambre podéis probar una francesiña, que es un sandwich con un montón de carne dentro, envuelto en queso, gratinado y bañado con una salsa picante de vino, una bomba. Y si os gustan los dulces aquí os vais a hartar. A parte de los pasteles de nata hay una gran variedad de dulces, riquísimos, y hasta en la cafetería más modesta encontraréis un buen surtido. Comentaros también que en todos los sitios a los que fuimos, tenían asientos que se acoplan a la mesa para bebés, o tronas.
Uf! Parece que me he alargado un poco… Y son muchas cosas las que me quedo sin contar. A veces cuando queremos viajar pensamos en irnos muy lejos, y no nos damos cuenta de lo que tenemos cerca. Ahí está Portugal, cerca, cerca, y merece mucho una visita.
Susana Martínez
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