Vicente Verdú, uno de los intelectuales y escritores más destacados y clarividentes de nuestros días escribía recientemente un artículo donde realizaba una contundente diatriba Contra la familia en el que de entrada afirma que “es difícil, por no decir imposible, encontrar una institución más mostrenca, opresiva y anacrónica que la familia actual”.

En la visión que ofrece este artículo la familia es una célula  inmovilista de la sociedad, un insoportable instrumento de control. Según esa concepción la institución familiar viene a ser como un tentáculo de la moral dominante o del Estado en la vida privada, un permanente atentado contra la libertad, el desarrollo y la creatividad  individuales.

Verdú afirma que la familia es una entidad castradora que ofrece protección emocional y económica a sus miembros a cambio, eso sí, de su previa e incondicional sumisión. La familia viene a ser como un  anacronismo zombi del pasado que ensalza los lazos tribales de sangre por encima de las relaciones libres y fraternales.

Sin duda una visión poco amable y bastante asfixiante sobre la familia actual. Y no es que no haya familias que puedan estar representando este patrón un tanto terrorífico de familia rancia. Porque tampoco vamos a negar ni merece reproche que a veces haya más de uno que preferiría  romperse una pierna antes de asistir a según que otro compromiso familiar…

Al parecer algunos no nos enteramos. No contentos con formar parte de una familia desde que nacimos y con haber sido criados en su seno nos hemos lanzado además a la inconsciente labor de formar la nuestra propia.

Frente a esta visión tan asfixiante de la familia necesitamos un poco de aire, por favor. Vamos a abrir la ventana.

Hablando de familia y de familias

¿De que hablamos en FamiliasenRuta cuando hablamos de familia?. Sin duda hablamos sobre la familia actual, ¿cual si no?, la familia moderna, una realidad cada día más diversa y en constante evolución.

Así pues no comparto los planteamientos que Vicente Verdú vierte en su artículo. Me cuesta identificar en ella las familias actuales que conozco y a las que me topo a diario por la vida con lo que Verdú entiende por “familia actual”. Tal vez esa familia actual a la que retrata tan monolítica y bastante coñazo sea esa que algunas voces afirman que es la única posible y verdadera, la de toda la vida. Y me da la sensación de que somos muchos los que no nos sentimos demasiado identificados con esa definición.

A favor de la diversidad familiar

Para nosotros la familia significa sobre todo cariño y desde luego conflicto y es con el conflicto y con su resolución (siempre provisional) que podemos crecer. Crecer todos, nuestros hijos y nosotros con ellos.

No creemos en una familia autoritaria pues la autoridad se gana, no se impone. Creemos en una familia dialogante. No creemos en un modelo impuesto de familia. Familias imperfectas, familias de carne y hueso con problemas, anhelos e ilusiones cotidianas. Padres y madres a las que a veces se nos acaba la paciencia, lo reconocemos porque es humano.

Creemos en lo que vemos: modelos diversos de familias, todos válidos y dignos: familias monoparentales, reconstituidas, adoptantes, numerosas, familias con sólo un niño o niña, familias mixtas, nucleares y extensas,inmigrantes o emigrantes y también, claro está,  familias homoparentales. Pedimos igualdad. Respetamos las opciones sexuales y derechos plenos de todas los miembros  de todas las familias (si es que entre otras cosas queremos ser consecuentes cuando pedimos respeto por nuestras propias opciones y derechos). Nos gustan las familias multicolores, todos los colores del arco iris, no sólo el blanco y el negro. Somos así.

Creemos en lo que vemos. Familias diversas, diversidad de familias. Creemos en el respeto a todas las creencias religiosas pues todas son respetables y creemos que merecen respeto también aquellos que no se manifiestan creyentes de ninguna religión pero desde luego también tienen sus creencias. Creemos en el diálogo y en la libertad.

Sin embargo, ¿acaso flotan las familias y sus miembros en el espacio sideral?. Cuando en vez de atacar se defiende  a “la” familia, ¿qué se defiende?. ¿Acaso no vivimos inmersos en un sistema social y económico concreto? ¿qué hay de nuestra vida real y familiar?.

Nos indigna que las familias no reciban, a pesar de todas las promesas de todas las campañas electorales, ni la ayudas ni la atención social que su función protectora y educadora merecen. No entendemos como la primera medida anti-crisis ha de ser suprimir la ayuda económica a la natalidad y nos indigna que las diferentes administraciones públicas hayan permitido que el acceso a una vivienda digna sea un lujo que hipoteque nuestro futuro y no un derecho básico.

Exigimos conciliación de la vida laboral y familiar: más tiempo para estar con nuestros hijos, bajas maternales y/o paternales más largas, facilidades para la vuelta a la vida laboral, igualdad salarial entre hombres y mujeres.

Nos indigna que los fatigantes horarios de trabajo y el tiempo de traslado a nuestros trabajos nos impidan disfrutar de nuestra familia en nombre de no sé que caduca y absurda idea de productividad.

Nos indigna el desalojo ordenado por jueces y ejecutado por la policía de muchas familias sin recursos mientras que esas mismos cajas y bancos que los promueven detentan miles de viviendas vacías y sanean sus cuentas con ingentes cantidades de dinero público, el dinero de todos. Nos indigna que los jueces se limiten a aplicar la ley: cambiemos esas leyes.

Somos creyentes. Creemos en un Estado que garantice una educación pública de calidad y dotada de medios donde nuestros hijos sean educados independientemente de su procedencia social con respeto a sus tiempos y personalidad únicas, un sistema educativo cuya princial misión sea formar a personas felices, creativas y comprometidas con la sociedad en la que crecen y no producir a futuros y sumisos trabajadores para que compitan  entre ellos en un mercado laboral cada vez más precario y en un mundo cada día más contaminado.

Creemos en los derechos de la infancia, para nuestros hijos y para los niños de todo el mundo sin exclusión. Creemos en un planeta donde los intolerables diferencias en el reparto de la riqueza y los ataques al medioambiente no genere a estas alturas del siglo XXI millones de niños con una infancia negada: por el hambre, por enfermedades muchas de ellas fácilmente evitables, por la guerra, porque sus padres empobrecidos tienen que ausentarse para emigrar, porque todavía existen niños esclavos y guerreros y niños usados sexualmente para regocijo de turistas sin escrúpulos.

Creemos en toda esa inmensa mayoría inmensa de familias dignas que buscan su camino, en la familia que busca su tiempo, que acompaña el crecimiento de sus hijos con respeto, que da amor y sabe poner límites porque entiende que no hay libertad sin responsabilidad. En las familias de padres y madres comprometidos, que son la mayoría y que hacemos lo que podemos cada día y con la mayor ilusión a veces sin saber si acertamos, otras equivocándonos estrepitosamente. Padres y madres que somos conscientes de que nuestros hijos no son nuestros, que su vida es sólo suya, que nuestra misión es darles la mano para que luego sean ellos lo que caminen solos.

Unos hijos que nos ayudan a cuestionarnos a nosotros mismos, a revisar nuestras certezas, a reconocer nuestras debilidades, a tener fuerzas y descubrir todo lo que podemos llegar a hacer. Unos hijos que nos ayudan a ver el mundo con ojos de niño, a reencontrarnos con todo lo bueno y no tan bueno de de nuestra propia niñez, de nosotros mismos, que nos hacen entender que la vida toda ella es una ruta, un viaje constante real o figurado hacia la felicidad de cada momento presente.

Frecuentemente se escuchan voces que afirman que no vale la pena tener hijos en un mundo tan convulso como el actual. Nosotros pensamos que sólo por tener la ocasión de luchar por un mundo mejor para todos vale la pena tenerlos y verlos crecer iguales y diversos, cada día felices junto a nosotros.