Tal y como señala Tonucci el siglo pasado ha sido el de la igualdad y el del un importante avance de los derechos de la mujer, pero también con justicia puede considerarse el siglo del niños especialmente si hablamos del ámbito del Occidente rico. Lamentablemente muy otras son las condiciones en la que viven millones de niños en muchas zonas del planeta. En el mundo más occidentalizado la medicina y la mejora de las condiciones higiénicas ha reducido drásticamente la mortalidad infantil, el trabajo infantil se ha erradicado, la escolarización es casi universal. Hoy los derechos del niño están social y legalmente protegidos y desde 1989 existe la Convención sobre los Derechos del Niño aprobada por las Naciones Unidas. Los niños están en el centro de la atención pública, se ruedan películas de ellos y para ellos, tienen una programación exclusiva en la televisión, multitud de expertos escriben libros sobre ellos y sin embargo para Tonucci los niños de las modernas sociedades están afectados por una dolencia nueva: la soledad.

El niño está solo porque cada vez con más frecuencia es hijo único. El niño está a menudo recluido en su casa fortaleza protegido de los peligros de la ciudad. El niño está confiado demasiado a menudo a una moderna y eficiente canguro; la televisión, a través de la cual está expuesto a programas de bajo contenido, a la violencia hecha espectáculo o a un bombardeo publicitario.

Para Tonucci las ciudades actuales parecen pensadas sobre todo para el hombre adulto y trabajador, para el votante. Por ejemplo, se habla de los barrios dormitorio,pero ¿dormitorio para quien?. Los ancianos, las mujeres no trabajadoras o los niños no son ciudadanos tan tenidos en cuenta, tienen sus derechos disminuidos. Tonucci propone un cambio de paradigma: adoptar a los niños como medida para evaluar y planificar la calidad humana de una ciudad. La ciudad podría considerar al niño algo así como un indicador ambiental: si en ella se encuentran niños que juegan, que pasean por si solos, significa que la ciudad está sana; si en la ciudad no se encuentran niños significa que la ciudad está enferma. Una ciudad donde los niños callejean es una ciudad segura, no solo para los niños sino también para los ancianos, los minusválidos y para todos los ciudadanos.

Para comprender la trascendencia de la visión de la ciudad de los niños de Tonucci hay tener en cuenta la absoluta importancia que le otorga a que existan condiciones para que puedan desarrollar en ella su juego libre y espontáneo. En linea de lo que sostenían Maria Montessori, Piaget o Rebeca Wild y según van confirmando las investigaciones científicas (neurología o psicología evolutiva), los primeros años de vida del niños incluso antes de entrar al colegio a los seis años son decisivas para el desarrollo pleno de sus potencialidades. Se trata de la llamada etapa sensomotriz y de configuración cerebral del sistema límbico, o sea de las emociones. A esta edad los apredizajes más importantes, aquellos que son la base sobre los que deberá construirse el conocimiento futuro, ya se han adquirido o en caso contrario difícilmente podrán recuperarse. Así que conviene pensar en las estrategias necesarias que aseguren que los niños puedan desarrollar su instinto de juego en nuestras ciudades .

El juego libre y espontáneo es la estrategia que la evolución humana ha reservado al niño para disfrutar inventando y creando, para experimentar la extraordinaria complejidad del mundo. Para Tonucci el juego no dirigido o controlado por los adultos, el de antes y después de la escuela es “perder el tiempo” pero en el sentido de perderse en el tiempo, de encontrarse con el mundo en una relación excitante, llena de misterio, de riesgo y aventura. El juego libre y espontáneo del niño se asemeja a las experiencias más elevadas y extraordinarias del adulto, como la investigación científica, la exploración, el arte o la mística. Ningún adulto, afirma Tonucci, podrá preveer ni medir cuanto aprende un niño que juega y esa cantidad será siempre superior a la que podamos imaginar.

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