Más allá de la búsqueda del confort que solemos asociar con los viajes y las vacaciones especialmente cuando vamos en familia existe otro turismo, el llamado turismo responsable o solidario. Hace algún tiempo que en esta entrada presentamos algunas agencias o entidades que ofrecen interesantes propuestas para familias en este campo. Hoy publicamos el relato escrito por Julia Diaz y  Javier Sánchez. En él nos narran la experiencia real y concreta de una ruta viajera organizada a Gambia y Senegal por Ethnic durante la Semana Santa pasada 2013 en el que participaron junto a sus dos hijas de 7 y 9 años. Ethnic es una asociación barcelonesa que promueve la cooperación y solidaridad  a través del turismo concebido éste como enriquecimiento mutuo y que se encarga de organizar toda la logística procurando siempre disponer de vuelos económicos (clicar aquí).

Viaje Ethnic a Gambia

“Durante muchos años habíamos sido unos viajeros empedernidos. Nos encantaba buscar un lugar, preparar el viaje y disfrutarlo con pasión. Luego volvíamos a la rutina diaria y hasta el próximo. De esa manera habíamos recorrido muchos países, con nuestra mochila a cuestas, disfrutando de sus culturas, sus paisajes y sus personas. Nos encantaba elegir destinos lejanos, países exóticos o culturas diferentes.

Después vinieron ellas, primero Clara y más tarde Inés. Nuestras costumbres cambiaron pero no renunciamos a seguir viajando. Durante algunos años visitamos destinos de Europa que habíamos ido posponiendo. Sin embargo, seguíamos añorando volver a visitar otros continentes. Nos lo impedía la corta edad de nuestras hijas y la necesidad de vacunarlas para muchos destinos.

En nuestras conversaciones mi mujer y yo esperábamos el momento idóneo para realizar un viaje de estas características. Hablábamos de visitar algún lugar de África y por nuestra cabeza rondaba Senegal como un país relativamente cercano y bueno para un primer acercamiento.

DSC01444[fusion_builder_container hundred_percent=Mis hijas habían cumplido 9 y 7 años respectivamente y pensamos que ya estaban preparadas para el viaje cuando, a través del banco donde trabaja mi mujer, conocimos la oferta de la Asociación de Turismo Sostenible Ethnic para realizar un viaja a Gambia y Senegal que combinaba el turismo con el conocimiento de la labor que realiza una ONG en estos países. Nos pusimos en contacto con la Ethnic, nos remitieron información y nos decidimos.

Comenzó una etapa de nervios con la planificación que nos recordaba aquellos primeros viajes. Viajar con niños suponía una responsabilidad extra pero también una logística más compleja. Empezamos la vorágine de las vacunas, los pasaportes, la lista del equipaje. Conocíamos a nuestras hijas y sabíamos de su aguante, solo nos preocupaba la posibilidad de que se aburrieran o de que no les gustara la comida del país.

Llegó el día del viaje y, con nuestras mochilas, nos presentamos en el aeropuerto de Barcelona. Allí conocimos a los integrantes de nuestro grupo que nos dieron muy buena impresión aunque alguno se extrañara por la presencia de niños en el viaje. El vuelo, que inauguraba Banjul como destino de la compañía aérea, fue un tanto accidentado y llegamos con retraso al destino, justo a tiempo para conocer a nuestro guía Lamine y realizar el trayecto hasta el hotel.

Por la mañana, después de tomar un suculento desayuno, iniciamos el recorrido hacia la Cassamance, en concreto hasta el pueblo de Thionk-Essil. Por el camino nos fuimos haciendo una idea sobre el país, sus bellos paisajes y su vida bulliciosa. En el pueblo conocimos la vivienda típica donde nos íbamos a alojar, el impluvium, con sus habitaciones alrededor de un espacio central para recoger el agua de lluvia. Dejamos el equipaje y nos fuimos a comer el plato del país, el tiébou dienne, compuesto por arroz, pescado y hortalizas sazonados con algunas especias. Aquí pudimos comprobar que la comida no iba a ser un problema viendo como nuestras hijas lo comían todo con gusto. Después nos sentamos fuera, bajo unos mangos, a tomar el té que nos ofrecían los anfitriones.

Rápidamente aparecieron niños de todas partes que nos miraban con curiosidad. Tras unos instantes de sorpresa nuestras hijas comenzaron a interactuar y, aunque no conocían el idioma, se entendían perfectamente. Jugaban a juegos sencillos con objetos comunes de la calle pero la diversión se reflejaba en sus caras. Aquí nos dimos cuenta de que tampoco se iban a aburrir en este viaje. El tiempo pasaba lento y la galbana se apoderaba de nosotros por lo que decidimos dar una vuelta por el pueblo. Estaban de fiesta y había música y bailes, todo el mundo nos miraba amablemente y algunas mujeres se fotografiaban con mis hijas. Poco a poco nos íbamos adaptando a la nueva situación.

Al día siguiente visitamos el bosque sagrado donde el guía nos explico algunas cuestiones acerca de la ceremonia de iniciación y posteriormente fuimos a darnos un refrescante baño al río. Por la tarde, tras la comida, visitamos los huertos comunales donde las mujeres trabajan para cultivar las hortalizas y evitar el hambre. Mis hijas participaron activamente en las tareas al igual que el resto del grupo. Esa noche cayeron rendidas en la cama por las emociones vividas.

_SC_0121_1[1]Por la mañana nos montamos en la barca que nos iba a trasladar por el río Cassamance a una isla donde acamparíamos. En el camino pudimos contemplar los manglares y las aves que los habitan. Clara rozaba el agua con las manos y su cara reflejaba una bonita sonrisa, Inés se agazapaba en el regazo de su madre. En un poblado adquirimos un pescado para la cena. Llegamos a la isla y mientras montaban el campamento fuimos a darnos un baño en el mar. Tras la comida fuimos a recoger berberechos y ostras que luego prepararíamos en la lumbre. No podía creerlo, Clara devoraba las ostras asadas.

Al día siguiente partimos hacia nuestro nuevo destino, Brikama, cuna de la tradición gambiana de la música de los tambores yembe y la kora, esa especie de guitarra que se toca vertical y que suena deliciosamente. Nos recibió Silvia, la persona que representa a la ONG en la zona, con una suculenta cena. Después asistimos a un espectáculo de música y danzas tradicionales, donde los más valientes participaron bailando y tocando los tambores.

Por la mañana, después de un desayuno con tortilla española y pan tumaca, visitamos las instalaciones de FANDEMA donde pudimos ver la labor que hacen de integración laboral de las mujeres de los alrededores a través de talleres de elaboración de batiks. Nos pusimos a aprender con ellas mientras nuestras hijas jugaban con los hijos de Silvia con los que habían hecho buenas migas.

El último día lo pasamos de relax en la playa entre baños y tumbona. Al atardecer fuimos a ver la llegada de los pescadores con sus barcas multicolores y el bullicio de las gentes en la playa recogiendo y clasificando el pescado. Mis hijas lo miraban todo con ojos atónitos, sorprendidas con la actividad frenética y el fuerte olor a pescado por todas partes.

Tras la cena nos dirigimos al aeropuerto para el vuelo de vuelta. En el equipaje mucha ropa sucia y un montón de recuerdos. Al llegar, despedida del grupo y deseos de volvernos a ver en el futuro.

Desde nuestra perspectiva el viaje ha sido todo un éxito, nuestras hijas lo han disfrutado sin echar de menos la televisión o la consola de videojuegos. Alguien nos dijo que este viaje iba a crear un antes y un después en sus vidas, no sabemos si será verdad, el tiempo lo dirá. Por lo pronto, Clara nos sorprendió el otro día diciéndonos: “Mamá, cuando sea mayor voy a vivir en África”

Textos y fotografía: Julia Diaz y Javier Sánchez.

+ info:

Ethnic viajes responsables

 

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