En esta entrada Cira Crespo, doctora en historia, autora del blog Fentdemama y creadora del proyecto Maternalias escribe para FamiliasenRuta y nos invita a dar un divertido e instructivo paseo  sobre la forma en que llevamos a nuestros bebés a través de la historia:

“Nuestra especie, los humanos y humanas, somos gente en movimiento. Gran parte de la historia de la humanidad nos la hemos pasado yendo de un lado para otro. Nómadas en potencia. Pasaron muchos milenios hasta la aparición de los primeros poblados estables, tuvimos primero que aprender a conrear, arar, domesticar animales, pero esa es otra historia…

Como decía, hemos sido y somos gente que se mueve. A ese dato tenemos que añadirle que nuestras crías nacen a medio hacer. Las menos desarrolladas del reino animal, me atrevería a decir. Así pues, probablemente hasta los 2-3 años, en el mejor de los casos, no son capaces de seguir a pie a un ritmo adulto.

Así pues desde que los humanos somos humanos, no hemos tenido más remedio que llevar a cuestas a nuestras crías, de manera más activa que nuestros parientes más cercanos, los simios, que desde bien pequeñitos ya se saben agarrar por si solos a las mamás. Los bebés humanos tienen que ser transportados por los adultos. Me temo que eso ha hecho que desarrolláramos dos de nuestras cualidades principales como especie: la colaboración y la invención de instrumentos.

¿Por qué la colaboración? Los grupos humanos han recorrido grandes distancias o cortas o medias, pero siempre con los pequeños en sus brazos. Y si se cansaban se ocupaba el de al lado o el otro o el otro. Y poco a poco después de unos quilómetros tal vez el pequeño había pasado por todos los brazos de la tribu y todos le habrían hecho una mueca y se habrían sentido parte de él. En un largo camino, la ayuda prestada, la colaboración de unos a otros, habría ayudado al desarrollo de dos rasgos muy humanos: la empatía hacía sus prójimos y el amor a sus pequeños.

¿Sería atrevido tal vez por mi parte, considerar que la crianza de los niños, esos pequeños tan especiales, tan diferentes a los de cualquier otra especie, que requieren tanta atención por nuestra parte, ha moldeado nuestra especie tal y como la conocemos? Dicho de otra manera, ¿Es que tal vez, gracias a la empatía por ellos generada somos como somos? No me parece nada del otro mundo sugerirlo. Más extraño me resulta decir que la guerra y el poder son parte innata de la condición humana, y algunos se atreven a decirlo sin que nadie se rasgue las vestiduras.

En todo caso, está claro que el transporte de los más pequeños de la tribu ha sido uno de los gastos de energía más importantes a los que nos hemos tenido que enfrentar, un problema clave a resolver si se quería la supervivencia del grupo. Para eso se han diseñado diferentes opciones a lo largo de la historia. La fabricación de instrumentos es una característica fundacional de la condición humana: usar las cosas que tienen a mano para producir cosas que le servían en su día a día. Por desgracia de los primeros milenios de nuestra historia tan solo conocemos las piedras talladas. Nada sabemos de aquellas herramientas que no han perdurado en el tiempo, pero es más que probable que después de andar demasiado tiempo con un niño en los brazos a alguien se le ocurriera coger aquella hoja flexible, que como una red se pudiera enganchar en la espalda y llevar así colgado al pequeño. Y sin que nadie fuera consciente se inventaría, en el camino, ocasionalmente, el primer portabebés.

El primero pero no el único…los humanos hemos generado millones de fórmulas para transportar a los pequeños, todas ellas con un punto en común: estaban hechas para incorporar al bebé como una unidad con el adulto. Mallas, redes, pañuelos, cestas que se llevaban y se llevan siempre cuestas. En las escenas costumbristas de los escenarios más variados. De norte a sur, de este a oeste, existen imágenes de niños pegaditos a sus cuidadores.

Así son las cosas en gran parte del mundo aún hoy en día. La excepción, como en tantas otras ocasiones, la marcamos en occidente dónde nos inventamos un utensilio muy original y que nos pareció una gran idea: el cochecito.
Primero fue un simple juego de niños, un invento que en el siglo XVII ideó un tal Wiliam Kent para ser arrastrado por caballitos y entretener a los niños de las familias ricas. Por cosas de la historia, acabó siendo el modelo de transporte más usual para bebés. Concretamente, el ejemplar más parecido al
cochecito actual lo patentó en 1889 el señor W. H. Richarson. Es un utensilio de ruedas, como sabemos, que sólo es apto para caminos modernos, asfaltados. Diseñado para nuestras ciudades. En otras palabras, es una herramienta 100% fruto de la modernidad. Un símbolo del concepto actual de maternidad.

En los felices años 20 con la entrada de la sociedad de consumo y el baby boom se popularizó el instrumento, hasta que en los años 50 se hizo imprescindible. En occidente ya nadie se acordaba de cómo se habían llevado a los críos antes. Tenemos memoria de pez, nosotros los humanos.

Al llevar a nuestros hijos masivamente en el cochecito, nos hemos dado cuenta, sorprendidas, que no es de su agrado. ¡Que pena, mira que son bonitos algunos! Definitivamente hemos aprendido que tenemos unas crías lloronas y tozudas, que después de más de un siglo de andar con su cochecito último modelo, siguen prefiriendo la fórmula tradicional y nos lo indican con frecuencia. Por nuestra parte, los adultos cargantes, ya no llevamos acuestas a nuestros niños, sino tan solo la carga de conciencia de sentir que, tal vez, están demasiado lejos de nosotros, allí en sus cochecitos.

Por suerte, a veces nos queda un poco de sentido común. En occidente se empieza a recuperar el concepto de portabebés. Ya disponemos de múltiples opciones, maneras cómodas, sencillas y muy agradables de que los pequeños vuelvan a estar cerca de nosotros. Estos renovados utensilios, además de agradar a nuestros hijos, resulta que nos permiten andar por senderos y por medio del campo, subir escaleras y coger un paraguas cuando llueve. ¡Todo un invento!”

Cira Crespo, doctora en historia.
Autora del blog Fentdemama
y creadora del proyecto Maternalias