El Principito de Antoine de Saint-Exupery es y será siempre uno de los libros más enigmáticos e intemporales que nos dejó el SXX. Escrito en 1943 y publicado en 1946 en pleno post-desastre de la II  Guerra Mundial ha sido traducido desde entonces a más de 180 lenguas. El Principito representó para la contracultura europea de los sesenta una ventana abierta al mundo del sueño y la libertad de los niños. Aprovechando unos días de estancia en Las Islas de San Blas de Panamá, he vuelto a leer este clásico de mi infancia con los ojos de un adulto  que esperemos no sea demasiado serio.

El Principito es ese niño tierno, juguetón y melancólico que habita de alguna manera en todos nosotros y que un buen día decide dejar la rutina de su particular asteroide emprendiendo un viaje iniciático por el espacio que lo llevará hasta nuestro Planeta Tierra. A través de su viaje El Principito descubre con dolor la contradicción del amor a través de una relación muy especial con una rosa que dejó en su planeta. “He aquí, mi secreto – le rebela el zorro- no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”

Resulta paradójico pero uno de los clásicos infantiles más célebres jamás escritos no es exactamente el clásico libro para niños. Parece otra más de las adivinanzas que va planteando esta obra escita e ilustrada por el propio Saint Exupery. Tal vez para desentrañar alguno de sus misterios nos ayude saber que el propio Saint Exupery además de escritor fue un mítico piloto francés de avión. Entre sus multiples aventuras se encuentra el accidente sufrido en un vuelo desde París a Saigón del que salió ileso pero que estuvo a punto de matarlo de sed en el desierto del Sahara y durante el cual llegó a sufrir alucinaciones. Precisamente su desaparición final durante una misión de los aliados contribuyó a darle a este escritor un halo de misterio y romanticismo.

Precisamente la narración del libro empieza con la aparición del Principito a un piloto que intenta reparar su avión averiado en medio del desierto del Sahara. El Principito juega con él y poco a poco le va desvelando sus aventuras viajeras por diferentes y extraños planetas unipersonales donde viven un borracho que solo bebe para olvidar su desgracia, un rey que vive obsesionado por mandar, un  vanidoso que sólo se ve a si mismo, un hombre de negocios que sólo tiene tiempo para contar sus riquezas, un farolero que sólo tiene tiempo de hacer que le piden y nunca lo que él quiere o un geógrafo que en su vida ha salido del despacho para ver el mundo real. “Las gentes tienen estrellas que no son las mismas. Para unos, los que viajan, las estrellas son guías. Para otros no son más que lucecitas. Para otros que son sabios, no son más que problemas. Para el hombre de negocios, eran oro”. Llegado al planeta tierra el libro parece convertirse en una fábula; El Principito tiene diferentes encuentros con un zorro o una serpiente

Dada su sobriedad y estilo poético El Principito pareciera un libro de budismo zen lanzando continuos misiles a las lineas de flotación de nuestro mundo lógico instituido. El Principito nos habla de la infancia perdida irremediablemente o tal vez de la posibilidad de reencontrarnos con ella y reivindica la magia de todas aquellas cosas importantes que las personas grandes han dejado de comprender si es que dejaron ya de ser niños. ¿Os acordais del dibujo del sombrero? ¿o acaso no es un sombrero?. “Las personas mayores nunca son capaces de comprender las cosas por sí mismas, y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones.”

El Principito es ese niño frágil que con sus miedos y no sin contradicciones va encontrando respuestas durante su viaje. Para muchos representa la exaltación del mundo de la imaginación y de la experiencia propia como motores del aprendizaje de la vida así como el cuestionamiento del mundo de los adultos serios. Algunos han visto en esta obra poco menos que el manifiesto de una especie de internacional naif-anarquista. Cada cual extrae sus propias enseñanzas y conclusiones de esta obra llena de matices.

El viaje del Principito completa su círculo con un final de tintes dramáticos pero de donde se desprende una luz de esperanza. Siempre podremos tener al Principito con nosotros, pues este es su mensaje: “cuando mires al cielo, por la noche, como yo habitaré en una de las estrellas, yo reiré en una de ellas, será para ti como si rieran todas las estrellas. Tu tendrás estrellas que saben reir!”

Se puede ver y elegir entre multitud de ediciones de este libro pinchando aquí

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