Post invitado escrito por nuestra colaboradora Pilar Manrique del blog Bienvenidos a Lilliput.com

Es impresionante la capacidad de comunicación que tienen l@s niñ@s. Desde que nacen. Cuando vas a ser madre (primeriza) uno de los mayores temores (al menos el mío lo fue) es no ser capaz de entender a tu hij@. Luego, cuando llega, te das cuenta que sabes perfectamente lo que necesita en cada momento. Se comunica contigo sin ningún género de duda, utilizando su propio idioma.

Desde ese momento, nos demuestran continuamente y con una facilidad pasmosa, que comunicarse es sencillo, y que solo basta una cosa para poder hacerlo: querer.

Esta capacidad de comunicación, sin embargo, tiende a desaparecer con el paso de los años (no me preguntéis por qué). Nosotros, los “adultos”, nos pasamos la vida intentando comunicarnos con los demás. Peleándonos por transmitir el contenido deseado en el continente del cual disponemos. En el trabajo, con los amigos, con la familia… intentando que en todo momento sepan lo que queremos (muchas veces incluso sin que lo digamos). Y es frustante porque, sorprendentemente, no lo conseguimos siempre. Hay veces en las que no somos capaces de decir lo que pensamos o sentimos (los motivos, varios), y otras que, aunque lo decimos, nos malinterpretan o simplemente no conseguimos transmitir lo que queremos.

Nos pasamos así, una gran parte de nuestra vida, intentando solucionar nuestros problemas de comunicación.

Sin embargo, los niños se comunican sin ningún problema. En todo momento, dicen lo que piensan, lo que quieren. Te lo dejan claro (de hecho, muchas veces te lo repiten hasta la extenuación). No hay posibilidad de malentendidos.

Y es sublime como su voluntad de comunicarse va más allá de cualquier formalismo. Y cuando hablo de “formalismo”, me refiero a “pequeños detalles” como por ejemplo, el idioma en el que se comunican.

Hace relativamente poco tiempo, hemos tenido la suerte de disfrutar de un encuentro con familias de diferentes países. Un emotivo y enriquecedor encuentro en el que, un grupo de 6 niños, de edades comprendidas entre los 2 y los 6 años, pasaron 5 días juntos. Corriendo, jugando, comiendo, compartiendo los momentos del baño, de irse a la cama, o de ver esos dibujitos permitidos justo antes de dormir. En definitiva, pasando juntos las 24 horas del día. Llenándonos de risas y aventurillas este encuentro.

A priori, esta situación no difiere mucho de la que podemos tener cualquiera en nuestro entorno familiar o de amigos. Primos que juegan juntos, o amigos que se reúnen sabiendo que sus hijos disfrutan aún más que ellos de su compañía. Sin embargo, había un matiz. Esos niños se comunicaban utilizando diferentes “formatos”. Palabras en español, alemán o francés salían de sus bocas para expresar a los demás a qué querían jugar, lo que pretendían hacer o simplemente para cantar una canción. E incluso con esta “pequeña” diferencia, no había ningún problema de comunicación.

Era muy divertido ver como combinaban la expresión corporal y las palabras. Y era tremendamente satisfactorio ver como se enseñaban palabras los unos a los otros. Y todos se esforzaban por aprenderlas. Repetían los sonidos que escuchaban. Cuando ésto lo hacen unos niños de 6 años máximo, nos dan un gran ejemplo de esfuerzo, tolerancia y respeto por los demás. Y lo mejor era, que se buscaban los unos a los otros. Parecía que no se percataban de que hablaban de manera “diferente”. Fantástico. ¿No os da que pensar?

Y ante eso, yo me pregunto ¿cómo es posible que nosotros, “personas adultas”, no seamos capaces de comunicarnos, incluso utilizando el mismo idioma? ¿Cómo es posible que no nos entendamos? ¿Qué surjan malentendidos que no seamos capaces de solucionar?

Y es que, como para otras tantas cosas, solo hay que querer. Hoy día, estamos más que preparados y nos esforzamos por aprender inglés, alemán, francés…hasta chino! Pero luego, no nos hacemos entender ni con nuestros vecinos cercanos ni con los amigos más lejanos. Y es que se nos olvida lo más importante…para comunicarnos no sólo hay que utilizar las palabras…al fin y al cabo son solamente el vehículo. Para comunicarnos hay que hacerlo desde el corazón. Y eso, es lo que perdemos con el paso de los años.

Con esto, y como otras tantas veces desde que soy madre, puedo afirmar que, con esta experiencia, recibí (llena de orgullo) otra gran lección magistral de nuestr@s hij@s. Y es que cada día tengo un motivo más para darles las gracias.

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