Imagina vivir en una casa de muñecas gigante. Literas pintadas con flores de colores dividen el espacio, con juguetitos y libros infantiles en medio de la estructura de una casa de “verdad”. Ahora imagina que ese hogar tiene ruedas y que cada mañana, al abrir la puerta, te espera un nuevo vecindario: desde una playa tropical a montañas cubiertas de nieve.  

Publicado originalmente en la revista Naïf Magazine publicamos el reportaje  sobre  la increíble ruta de una familia brasileña por el Cono Sur americano a bordo de un autobús habilitado como vivienda que fue su hogar durante algunos años. ¿Quién no ha soñado alguna vez dejarlo todo e irse a vivir una experiencia así?.

Lo que podría ser un sueño es la realidad de las hermanas Mayá, de diez años, y Niara, de cuatro. Viven con sus padres, la profesora de natación Luciani Brignol Onzi y el sociólogo Eleandro José Onzi en un autobús convertido en casa familiar, y a bordo de él recorren los rincones de Brasil y de tres países de Sudamérica.

La idea de tener una casa ambulante surgió cuando la pareja se dio cuenta de que era más feliz viajando. “Decidimos invertir la lógica del sistema” dice Luciani, “investigamos los viajes de Amyr Klink y la familia Schürmann y descubrimos que era posible”. El siguiente paso fue comprar un autobús en una subasta y transformarlo en una casa rodante con camas, cocina y hasta nevera. Para vivir cuentan con el dinero del alquiler de la vivienda en que vivían, y de la venta de artesanía.

En su primer viaje fueron desde Santa Catarina, al sur de Brasil, hasta una reserva indígena en Rio Grande do Sul, la región más meridional del país. Desde entonces no han parado. Pasaron los cuatro años siguientes atravesando la extensa Brasil hasta el estado de Maranhão, al nordeste. Mayá, la hermana mayor, acompaña a sus padres desde los tres años. Niara nació durante el viaje, a la altura de Minas Gerais. “En aquella época nos quedamos ocho meses parados viviendo en el mismo lugar”, recuerda Luciani, “nuestro autobús es una casita, pero a veces necesitamos echar el ancla”.

En cuanto a la educación de las pequeñas, tienen una rutina bastante similar a la de los niños de su edad. Su día se reparte entre la hora de jugar, la de dibujar, la de estudiar o el momento de ver una película. Maya aprendió a leer en el autobús. “En los lugares donde parábamos más tiempo, ella iba a la escuela”. Recientemente, cuenta su madre, realizó una prueba de nivel y quedó la tercera dentro de su franja de edad. “Hay muchas cosas que son educativas más allá de la educación estandarizada”, dice, “Viajando, mis hijas aprenden Geografía, Historia, Política, Cultura, Arte, Idiomas, Matemáticas… y además pueden relacionarse con llamas, hacer senderismo, recoger conchas o subir montañas”.

Durante la última aventura de esta familia, estuvieron seis meses viajando por Argentina, Chile y Paraguay. Salieron de Florianópolis, en Santa Catarina, en dirección a Buenos Aires, descendieron hasta la Península Valdés y continuaron rumbo al norte siguiendo la cordillera de los Andes. En Chile, el frío comenzó a apretar tanto que la ropa se les congelaba en el tendedero. Así que decidieron cambiar la ruta y dirigirse al norte de Argentina atravesando el Cañón de Quebrada de Humahuaca para volver a Paraguay.

“Nos sentábamos por la mañana y discutíamos la ruta, siempre teniendo en cuenta los deseos o las necesidades de las niñas”, cuenta Luciani. Cuando percibían que las pequeñas empezaban a sentirse un poco solas, iban a Bariloche a encontrarse con unos amigos que tienen cuatro hijos, y Mayá y Niara acudían un tiempo a la escuela local. El idioma no es un problema: la primogénita fue la primera de la familia en aprender Español. Como consejo a los padres que quieran hacer un viaje diferente con los niños, Luciani resalta: “Claramente es más trabajoso, pero esto no debe ser una limitación. Los niños se adaptan al clima, a la alimentación, a las nuevas rutinas. Además son transparentes, siempre podemos ver su estado de ánimo reflejado en su actitud”.

Texto: Marina Moros