(Post invitado de Cira Crespo, doctora en historia. Autora del blog fentdemama.blospot.com y del proyecto maternalias.blogspot.com)

Quisiera analizar, en este aparatado llamado Crianzas del mundo, una de las sociedades más extrañas y originales: la occidental. Este es un grupo cultural insólito y lleno de manías. Tienen por ejemplo una sorprendente manía al colecho.

En Occidente dormir con los niños en una misma cama está en general mal visto, se estima que los niños se acostumbran mal y que luego tienen problemas para dormir solitos. También se considera peligroso. Todo eso no quiere decir que no se practique. Yo misma, integrante de esta sociedad occidental, aunque en principio tendría que decir que mi niña duerme sola en su habitación, si contamos los meses de vacaciones en casa de los abuelos, los días que está enferma, los días que tiene mimitos, los días que vamos de viaje, en total, podríamos decir que casi duerme más con nosotros que en su cama. Así pasa, probablemente, con la mayoría de las familias. Pero vamos a lo que nos interesa.

Entremos en los cimientos profundos de esta sociedad occidental para intentar averiguar de donde sale esta aversión a dormir con los niños. Como en muchas otras ocasiones, tenemos que introducirnos en la lejana Edad Media. En una época en que no existía el concepto de habitación para los niños ni, en definitiva, el de individualidad. Para dormir, en la mayoría de las casas, había una sola habitación. Así que colechar era la única opción.  Aún y así, sabemos que se hacían discursos en contra de esta opción. En el pulpito de la iglesia del pueblo se hablaba de muertes por ahogamiento. La concepción habitual en esas épocas era que los niños recién nacidos eran muy frágiles, se deformaban con facilidad, necesitaban poco movimiento y, sobretodo, era importante que los primeros meses durmieran en una cuna.

No sabemos que hay de cierto en esos miedos. Es imposible saber si realmente había muchas muertes de bebe por dormir con sus padres. Tal vez es cierto que los sistemas de cama en esas épocas no garantizaban una noche segura. Lo que está claro es que la consecuencia directa de todos estos siglos de miedo ha sido que los niños en occidente, desde hace muchísimas generaciones, han dormido en cunas. Solo hace falta dar una ojeada a las miniaturas y pinturas medievales. Hay cunas por todas partes: Cunas de viaje, cunas para dejarlos al nacer, cunas para llevarlos a trabajar, etc. Los bebés siempre están cerca de las madres, pero sin contacto directo, piel con piel -¡tenemos documentos de la Italia medieval donde algunas madres llegan a poner la cunita en la cama con ellas!-. Otra consecuencia, tal vez, es que nos han dejado el miedo en el cuerpo y vemos a nuestros niños unas frágiles personitas siempre a punto de romperse. Me pregunto si detrás de estos temores hay tal vez los ecos de una ideología donde el contacto y el amor reciben adjetivos pecaminosos.

De todas maneras, también hay que decir a favor a la sociedad occidental, que tienen bastante tendencia a no acatar las normas, a la rebeldía. Nos gusta ir por libre. Así que a lo largo de las historia ha habido muchas más familias de las que creemos que no han seguido las normas establecidas.  A parte de las señoras florentinas que ponían la cuna en sus camas, había muchas otras  que simplemente dormían con sus niños porque les era más cómodo y les apetecía, justo igual que ahora.