Las vacaciones y en general los viajes son ese momento del año donde por una temporada nos encontramos viviendo  otra vida. Especialmente viajando con nuestros hijos buscamos lugares y alojamientos sin peligros activos para ellos, rodeados de espacios abiertos y naturales donde pueden jugar horas y horas con otros niños.

A menudo en verano, durante las vacaciones, sentimos esa reconfortante sensación de abrirnos a conocer a otros padres y madres con las que inesperadamente trabamos complicidades, compartimos vivencias y algunas risas ya sea en el camping, la playa o en la piscina del hotel.

Podríamos definir el llamado síndrome post-vacacional como ese shock que sufren nuestras neuronas al saber que nuevamente debemos calzar nuestra vida a un nuevo periodo de rutina donde cada uno vive su vida corriendo de un lado para el otro luchando por su propia supervivencia como individuo y como familia y donde las oportunidades de un encuentro relajado con otras digamos que no abundan demasiado.

Está claro que tener hijos marca un antes y un después en nuestra vida cambiando en buena medida el orden de nuestras prioridades en ella. Conciliar nuestras aspiraciones personales con el trabajo (para el que todavía lo tiene), la familia y las opciones educativas y de crianza de nuestros hijos se convierte así – y más en este país – en el quid de la cuestión, una ecuación de difícil solución.

Por una parte después de regresar de esa lucha diaria que llevamos en el exterior por la supervivencia económica a las familias nos gusta tener nuestra sacro-santa intimidad y resguardarnos en un espacio propio de vida privada. Por la otra todos notamos de la importancia que tiene no sólo para nuestros hijos sino para nosotros mismos propiciar espacios comunes de relación cotidiana.

Somos animales sociales y aunque a veces nos pese, necesitamos a los demás!. Partamos pues de reconocer esa realidad que siendo padres es ya tan evidente y es que tal como afirma ese viejo proverbio africano que tanta fortuna ha hecho: para criar a un niño hace falta toda una tribu.

Parece fácil pero no lo es. El antiguo barrio donde la gente se saludaba al pasar y los niños correteaban hasta las tantas por la calle es una animal en peligro de extinción, ahora no sabemos quien vive en el quinto o dos casas más allá. Nuestros horarios nos matan y también el tiempo que tenemos que dedicar a correr entre el trabajo, la escuela, la compra y no se cuantas pequeñas gestiones de cada día.

Para relacionarnos y crear espacios de complicidad con otras familias entre semana nos quedan los parques (a menudo incomprensiblemente vacios) o ir a un centro comercial donde obviamente pagando un chiquipark de turno podremos sentarnos a charlar tranquilamente con alguna amistad sobre…lo caro y lo difícil que se hace todo!. El fin de semana, eso sí, podremos gozar de una buena gama de oferta de ocio. Lastima que tampoco nos podamos permitir demasiadas alegrías económicas.

Todos somos un mar de contradicciones. Queremos disfrutar de una vida privada, una casa y un buen nivel  económico  y además queremos tener más tiempo para compartir con nuestros hijos y sin embargo al final eso mismo es lo primero que sacrificamos: nunca en la historia los niños pasaron tanto tiempo separados de sus padres.

El actual momento de vacas flacas está poniendo de manifiesto es que necesitamos un cambio en nuestra manera de funcionar. Sube el petróleo mientras bajan los salarios para aquel que hoy tiene la suerte de consevar su empleo. Esto no puede seguir así. Tal vez una de las claves sea pararse a analizar cuales son realmente nuestras necesidades como personas y familias bajo ese nuevo prisma de cambio de prioridades que nos da el ser padres.

Por las buenas o por las malas, nos toca vivir con menos, pero eso no significa automáticamente que debamos vivir peor. Cualquier crisis sea personal o social supone una oportunidad de cambio y evolución, una auténtica bofetada a esas seguridades que creíamos firmes que nos ayuda a tomar consciencia de lo que de verdad va la película. Sí, esta crisis es una monumental tomadura de pelo que no tiene la menor gracia, un auténtico timo de la estampita en versión postmoderna, eso sí, retransmitida en streaming a través de nuestros relucientes smartphones pero donde esta vez los primos somos nosotros. Atónitos, descubrimos un mundo al revés donde los ciudadanos de a pie rescatamos bancos como buenos samalitanos mientras nuestros hijos se hacinan en las escuelas.

Así pues por una parte es normal que la gente se organice y proteste contra tamaña agresión. Por la otra se impone ser creativo, “inventar” como dicen los cubanos. Hay quien decide irse al campo a vivir, hay quien está emigrando a otros países, hay quien aprovecha para hacer aquel viaje siempre pospuesto. Muchos de los que pierden empleo sacan a sus hijos de las guarderías y se organizan con otros padres para el cuidado de sus hijos. También están despuntando las cooperativas de consumo para que comer sano no salga tan caro y, tanto espontáneamente como en la red, surgen nuevas iniciativas de trueque y consumo colaborativo para compartir el coche , intercambiar ropa de niños, intercambiar la casa como forma de viajar, los bancos del tiempo, o las llamadas ecoxarxes en Cataluña.

COHOUSING

Otra de esas  alternativas para tejer complicidades entre familias es el cohousing. La primera vez que leí algo sobre este termino inglés fue en el El Blog Alternativo y aunque lo consideré realmente interesante pensé que sería una de esas tendencias minoritarias y un tanto chic que tanto abundan en otros países.

Viajar abre la mente o al menos otorga la posibilidad de ver y de experimentar otras formas de vida. Y eso es precisamente lo que hemos estado haciendo en Irlanda durante todo el verano, conviviendo con otras familias en una suerte de cohousing aunque ni ellos mismos le llamen así y es que la palabra es lo de menos y además como ya veréis el cohousing en el fondo es algo que de alguna forma bien antiguo.

Con origen el Dinamarca en los años 60’s  el cohousing se extendió rapidamente a los Estados Unidos y hoy se encuentran numerosos ejemplos y redes de cohousing en multitud de paises entre los cuales incomprensiblemente no figura España. En Europa son particularmente numerosas las redes de cohousing en el Reino Unido.

Aunque no existe una definición inequívoca ni muchos menos dos experiencias iguales hacer cohousing significa que dos o más hogares (a menudo familias) conservando cada una su ámbito privado  y el uso de su vivienda (comprada o de alquiler)  así como su forma independiente de generar ingresos deciden convivir compartiendo dependiendo de los casos  el cuidado de los niños pequeños y su crianza, el uso del cohe, la compra o bien si por ejemplo si hay que hacer algún trabajo de jardinería o fontanería. No hay nada como ayudar al vecino y después más adelante contar con su ayuda. También se puede compartir la cocina (martes y miércoles cocino yo), la lavandería u organizar talleres. Todo esto supone un gran ahorro de tiempo y costes y crea lazos de amistad y correspondencia entre todos y en definitiva la convivencia.

Según la wikipedia: “la convivienda puede ser urbana, suburbana o rural. La forma física es generalmente un conjunto compacto, pero varía desde apartamentos bajos, casas juntas o casas aisladas. Tienden a ubicar los autos en la periferia, lo cual promueve el caminar a través de la comunidad e interactuar con los vecinos, como también una mayor seguridad para los niños y sus juegos dentro de la comunidad. Otra característica son los espacios verdes compartidos, ya sean jardines, áreas de juego, o lugares de reunión”.

Así que el cohousing es una alternativa perfectamente válida para todos aquellos que consideran las ecoaldeas y en general la vida comunitaria como el bonito sueño de unos románticos “hippis” al que difícilmente se adaptarían. Justamente una de las cosas que me parece más llamativas del cohousing es que partiendo de que cada uno vive en su propia casa para formar parte de una grupo de convivienda no hay que tener un credo político o religioso determinado o vestir de una manera concreta, ser o no ser vegetariano. Otra es que las decisiones que afectan a lo compartido se toman por consenso lo cual supone un auténtico aprendizaje sobre nosotros y los demás y un ejercicio de respeto.

El grupo de familias con el que hemos estado conviviendo son, de facto, una comunidad de cohousing. Cada familia vive en su casa y tiene su intimidad pero han decidido compartir momentos de acompañamiento a los niños y a menudo también comidas y celebraciones. También hacen un pedido al por mayor a la hora de comprar la comida cosa que supone un ahorro económico y de viajes al super. Además en este caso disponen de un huerto donde cultivan sin pesticidas sus propios vegetales y gallinas que nutren de huevos a las familias. Por lo demás algunos integrantes tienen sus trabajos fuera y realizan actividades fuera del núcleo del cohousing.

Hay multitud de información en la red, investigando me he quedado parado de la cantidad de experiencias que se están llevando a cabo. Creo seriamente que este modelo es aplicable a una cultura latina como la nuestra, que necesitamos dejar de estar cada uno metido en su mundo porque  el pez grande se come al pequeño pero muchos peces pequeños se pueden comer al grande: la convivencia nos hace más fuertes.

Parece fácil pero no lo es. En nuestro país hemos estado construyendo centenares de miles de pisos y casas vendidos a golpe de hipoteca a unos precios astronómicos. Unas viviendas construidas por promotores ajenos pensadas siempre para un modelo de vida en que cada mochuelo se va a su nido y tengamos por vecinos a unos desconocidos con los que reunirnos una vez al mes en esas tediosas asambleas de escalera. Si queremos comida cada uno se va con su coche al supermercado hacer la gran compra, si queremos lugares de encuentro para nosotros o nuestros hay que buscarlos fuera y a menudo pagando, si queremos que alguien cuide de ellos durante unas horas, hay que contratar una canguro y así sucesivamente.

El cohousing es ni más ni menos que un tipo de vida comunitaria que empieza por respetar la singularidad y ámbito privado de las familias y la forma de ganarse la vida de cada una pero que aprovecha la necesidad y todas las posibilidades de poner en común determinados bienes y servicios en beneficio de todos. Algo que en definitiva ya se practicaba  tradicionalmente en tantos pueblos y en barrios populares y de lo que por fortuna todavía quedan muestras vivas.

Todos podemos practicar el cohousing, viviendo en nuestra casa actual o buscando una nueva ubicación en un proyecto de vida bien planificado. Lo importante es saber que podemos vivir mejor con menos, ser menos dependientes del dinero y del trabajo, ser más autónomos organizando formas de vida con otras familias que nos dejen más tiempo para simplemente ser personas y para que podamos acompañar el crecimiento de nuestros hijos.

En el Estado Español uno de los proyectos con más personalidad y más ambiciosos es este, pero me consta de que cada vez hay más propuestas y proyectos llenos de tanta ilusión como realismo para que las familias puedan vivir una vida más soberana y con mayor calidad en un entorno donde todos cuidan de todos como sólo lo sabe hacer una tribu.

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International Comunity

 

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