- Espere, por favor...
Viajar con un bebé requiere algo más de organización, pero no tiene por qué convertirse en una tarea complicada. Casi todo el trabajo se hace antes de salir de casa y consiste en resolver cuestiones muy concretas: cuántos pañales llevar a mano, qué documento necesita el bebé según el destino o cada cuánto hay que parar en un trayecto largo. Anticiparlas evita improvisar justo cuando menos margen hay.
La comodidad del bebé debe ser una prioridad, y en un viaje eso se traduce en varias capas finas antes que en una prenda gruesa: la temperatura de una cabina de avión, de un coche al sol y de una terminal con aire acondicionado varía mucho en pocas horas, y resulta más fácil quitar una capa que cambiar al bebé por completo. También importa cómo se abre la ropa, porque las prendas que se abrochan por delante, como los bodies cruzados o los pijamas con broches, se cambian sin pasar nada por la cabeza, algo que se agradece en un espacio estrecho.
Quienes necesiten renovar parte del equipaje familiar pueden consultar opciones de ropa premamá y artículos de puericultura para preparar el viaje con mayor facilidad.
Un cambiador portátil, un pequeño neceser de higiene y una manta ligera ocupan poco espacio y resultan muy prácticos. Y si el bebé utiliza un objeto concreto para dormir o tranquilizarse, llevarlo ayuda a mantener algunas rutinas durante el viaje.
Este es el punto que más sorpresas genera, porque un bebé necesita sus propios documentos desde el primer viaje. Para salir de España hacia otro país de la Unión Europea, del Espacio Económico Europeo o Suiza, el menor debe llevar su DNI en vigor. Para cualquier otro destino hace falta pasaporte.
El DNI no es obligatorio hasta los 14 años, pero sí lo es para salir del territorio nacional, así que puede tramitarse antes si la familia lo necesita. La validez es corta en los primeros años: tanto el DNI como el pasaporte se expiden por dos años cuando el titular no ha cumplido los cinco, de modo que uno sacado para un viaje anterior puede haber caducado sin que nadie se haya dado cuenta. Para el pasaporte, el Ministerio del Interior exige el consentimiento expreso de quienes tengan la patria potestad o la tutela.
Si el viaje es dentro de Europa, merece la pena solicitar también la Tarjeta Sanitaria Europea. Cada miembro de la familia debe tener la suya, incluidos los bebés, y cubre la asistencia sanitaria necesaria durante una estancia temporal en otro país.
Hay un trámite que solo se aplica en un caso concreto: cuando el menor viaja al extranjero sin ninguno de sus representantes legales, por ejemplo con los abuelos. Entonces se necesita una autorización de viaje para menores, que se solicita en comisarías de la Policía Nacional, en puestos de la Guardia Civil o en sus sedes electrónicas.
En avión, la restricción de 100 mililitros para líquidos en el equipaje de mano no afecta a los alimentos para bebés ni a los medicamentos, así que la leche, los potitos y el agua del biberón pueden pasar el control. Lo más cómodo es llevarlos accesibles y avisar para que los revisen aparte. Los menores de dos años suelen viajar en el regazo de un adulto, sin plaza propia, y la mayoría de compañías admiten el carrito y la silla de coche además del equipaje habitual, aunque conviene confirmarlo antes de reservar.
En coche, la normativa es más estricta de lo que muchos padres creen. El sistema de retención infantil es obligatorio hasta que el menor alcanza los 135 centímetros de altura, y la DGT recomienda seguir usándolo hasta los 150. Los menores que midan 135 centímetros o menos deben viajar en los asientos traseros, con tres excepciones: que el vehículo no tenga plazas traseras, que estas ya estén ocupadas por tres menores de esa talla o que no quepan tres sillas atrás. En esos casos, el airbag debe ir desactivado. La silla instalada en sentido contrario a la marcha protege mejor la cabeza, el cuello y la columna, y en ningún caso debe colocarse en una plaza con airbag activo.
Los bebés suelen sentirse más cómodos cuando ciertos hábitos se mantienen fuera de casa, así que respetar aproximadamente sus horarios de sueño y alimentación facilita la adaptación.
En los trayectos largos en coche, las pausas no son solo una comodidad. Los pediatras recomiendan que un bebé no permanezca más de una hora y media seguida en la silla, y dos como máximo, porque la postura que adopta en ella, con el cuello flexionado y el cuerpo en forma de C, puede dificultar la respiración y reducir la saturación de oxígeno. Parar cada hora y media para sacarlo de la silla, cambiarlo y dejar que se mueva responde a esa recomendación.
En avión, ofrecerle el pecho, el biberón o el chupete durante el despegue y el aterrizaje suele ayudarle a compensar la presión en los oídos. Las necesidades cambian además con la edad: un recién nacido pasa gran parte del trayecto durmiendo, uno de seis meses puede necesitar comida sólida y uno que empieza a andar reclamará moverse cada poco.
Con un bebé, algunos planes cambian. Un trayecto puede alargarse, una siesta puede retrasarse o puede hacer falta una parada adicional. Dejar margen en el horario ayuda a afrontar esas situaciones sin presión. No se trata de llevarlo todo, sino de tener resueltas de antemano las tres cosas que de verdad complican un viaje: la documentación, el acceso rápido a lo esencial y unas pausas suficientes.
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