En este post invitado Guillermo Maceiras padre gallego, fotógrafo y documentalista de profesión, colabora con Familias en Ruta e inagura una serie de relatos apasionantes donde comparte con todos nosotros sus experiencias de vida y viaje independiente por Asia junto a su mujer y su hija de poquitos meses.  Su bitácora personal es asolasconelmundo.

Hace 19 meses me encontraba sentado en esta misma silla, en esta misma habitación donde ahora escribo, mientras escuchaba una melodía de piano de Brian Eno de su album The plateau of mirrors.  Nuestra hija Padma dormía plácidamente, mecida por la suave música,  mientras yo me concentraba en cerrar los últimos detalles de nuestro inminente viaje a Asia. Padma, que por aquel entonces tenía 2 meses, ni se enteraba del trajín que bullía a su alrededor. A ella solo le preocupaban dos cosas en la vida: dormir y comer. A su mamá y a mi, alguna más.

A la bisabuela de la niña no le cabía en la cabeza porqué teníamos que irnos tan pronto, con una niña tan pequeña, a cruzarnos medio mundo. Pese a las explicaciones iniciales (que si ya conocemos bien la zona, que si los abuelos maternos no están lejos de allí y pasaremos una temporadita con ellos, que si en Bali ya vivimos en el pasado y tenemos todo controladísimo…), a ella seguía pareciéndole una tordada todo aquello. “La niña debe crecer en casa, con el cuidado y la protección que se tiene aquí; no exponerla a ese mundo lleno de peligros”, sentenció la bis, con el silencio otorgante de la abuela. Estando delante de las dos matriarcas de la familia, y con las otras dos mujeres de mi vida mirando atentamente -curiosamente Padma en ese momento estaba despierta y nos miraba- no pude eludir la responsabilidad de darles una explicación algo más profunda y sincera de porqué nos íbamos de viaje con una niña tan pequeña.

Lo que sigue a continuación, es una sinopsis de aquella explicación a las mujeres de mi familia, a la que se le irán sumando en el futuro,una cucharadita y media de anécdotas y otra de reflexiones  que nos cambiaron la perspectiva inicial a medida que el viaje avanzaba. Será una mirada diferente al mundo por primera vez; a través de un bebé que se despierta a él. Todo eso y un poquito más conformarán las siguientes entradas de “A través de sus ojos”, esta pequeña colaboración para Familias en Ruta. Esperamos que os gusten, os sean útiles y, si puede ser, os inspiren un poquito.

I. La partida

El mundo no es un lugar lleno de peligros, enfermedades, catástrofes, guerras y gente mala. A nosotras[1] nos costó muchos años desmontar esas ideas preconcebidas, fruto de una mezcla de desconocimiento de ese mundo, que tan gratuitamente se juzga, y de fuentes de información sesgada, que solo muestran  desgracias y crisis. A algo que temes, no te importa si le va mal o bien, lo único que te importa es que no te afecte. Cuanta más información llega sobre “lo mal que va el mundo”, más se ensimisma uno; más te preocupas de que tu y los tuyos estén bien, al margen de lo que le pase al resto.

Esto hace crecer el individualismo y la insolidaridad en el jardín de mi consciencia. “Pobres, que mala suerte han tenido”, pienso, “que suerte de ser de donde somos” me dice una vocecita dentro. Si temes lo que pasa al otro lado de la puerta de tu casa, tus esfuerzos se centrarán en proteger lo que tienes dentro, levantando un muro tan alto como consideres necesario para evitar que nadie te lo invada. Si no desarrollamos amor por nuestro hogar planetario, es mucho más difícil que queramos de verdad conservarlo. Obviar que todo está interconectado, que lo que le pasa al planeta te acabará afectando por muy altos que sean los muros que has levantado contra él, es para nosotras igual a hipotecar tu vida a una ficticia sensación de seguridad.

Para nosotras, tras haber recorrido ese “peligroso mundo” bastante en la última década, hemos concluido que, si de algo está lleno, es de belleza, de bondad, de gente maravillosa… está lleno de sabiduría.


Hay una cita de Rumi que dice algo así como “No busques el amor, tan solo destruye los muros que has levantado contra él”.Curiosamente, en los lugares donde hay  más violencia, odio, rencor, dolor, pobreza… es también donde más muros se han levantado contra el resto del planeta.Lo negativo, son como pequeños vacíos. El olvido que lleva negación de la bondad innata de la humanidad. Esto nos ha hecho comprender que si la humanidad se conociese mejor, si abriese más las puertas a los demás, si apreciase la diferencia como rica diversidad… otro gallo cantaría.

Y ese es el gallo que quisimos que le cantase a nuestra hija cada mañana.  Para nosotras, tomar ese avión con destino a Asia, fue destruir el primer muro. Quisimos que creciese viendo la diversidad como algo natural, como una fórmula infalible de abrir los ojos de nuestra hija a la idea de planeta como hogar común. El amor por esta pequeña nave espacial en la que todo, todos y todas volamos por el espacio.

Tras esta explicación, mi madre sonrió con los ojos y mi abuela me dio sus bendiciones, sin poder evitar apostillar un “hay que ver cuantas ideiñas te pasan por la cabeza.” A los pocos días, estábamos en Bangkok, rodeados de tuk-tuks, pagodas y puestos de comida callejera.

A día de hoy, Padma, que está aprendiendo a hablar, sabe palabras y diferencia entre idiomas mandarín, inglés, indonesio, taiwanés, tailandés, español y gallego. Ha escuchado cantar a Alá muy tempranito al amanecer y rezar a Dios en diferentes lenguas; ha visto meditar a monjes budistas, taoístas, hindus… y hasta ha aprendido que su nombre tiene un gran significado para la mayoría de esas religiones. Padma ha visto montañas y volcanes; jugado en playas de arena blanca, de arena negra, de arena dorada y rojiza; paseado por bosques selváticos y avenidas de grandes metrópolis; ha visto lluvia con calor y con frío, sol con calor y con frío. Tiene amigos con la piel de todos los colores, con los ojos de todas las formas y el pelo de todas las maneras.

Y lo mejor de todo, no se siente extraña en ningún lugar, su sonrisa abre todas las puertas, no hay ningún muro en su interior. El mundo, tal y como mi pequeña familia lo ha vivido desde que partimos, es la mejor escuela vital, el mejor maestro y el mejor alumno, el mejor pintor y el mejor lienzo. No hay mejor manera de aprender sobre geografía, historia, ética, idiomas, espiritualidad, ciencias sociales, botánica, zoología…que vivenciando todo. Todo esto, mientras aprendemos a repensar el planeta, la vida y los sueños: no hay mejores lecciones sobre la naturaleza humana, que las que tu hija te puede dar mientras se desarrolla en tantas y tan diversas realidades.

 

Si quieres saber más sobre las  razones por las que viajar nos hace felices, clica aquí.


[1] En nuestra familia hay mayoría de mujeres, por lo que para evitar un lenguaje sexista, optamos por nombrarnos en femenino.

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