A unos pocos kilómetros de la pequeña ciudad costaricense de Paraiso, en el núcleo rural de la Flor se encuentra La Flor del Paraiso. Se trata de una granja orgánica donde reciben voluntarios individuales y también a familias. En este lugar pasamos casi dos intensas semanas de experiencia granjera que recordaremos siempre.

Colaborar en familia como voluntarios en una granja orgánica es algo que ya habíamos experimentado en la Finca Sarita de Ecuador. Se trata de un turismo diferente, que nos permite conocer más de cerca la realidad de un país y con el que estamos dedicando nuestro dinero a apoyar un tipo de agricultura y una filosofía de vida respetuosa con el medio ambiente que no usa químicos ni venenos que envenenan el medio ambiente y acaban afectando a nuestra salud.

En Costa Rica existen numerosos proyectos ligados a la conservación de la naturaleza donde se pueden hacer voluntariados. Lonely Planet destaca a Finca La Flor (impulsada por la asociación ASODECAH) como mejor propuesta de voluntariado en finca orgánica y hemos confirmado que es uno de los proyectos de referencia más activos y veteranos de toda Costa Rica. Nosotros semanas antes estando en Panamá ya habíamos contactado con algunos proyectos de este tipo. En el caso de Finca La Flor su web indica que las familias son bienvenidas y notamos en sus mensajes un tono atento  y personal que nos inspiró confianza. Luego supimos que varias familias ya han pasado por aquí.

Los caballos son como un imán para los niños

Contactar con granjas como esta no es tan fácil. En muchas ocasiones en Costa Rica están regentados por norteamericanos y sus visitantes son personas que muchas veces sólo hablan inglés así que tienen problemas o una ligera pereza para leer y contestar emails en español. Tampoco todas los proyectos ni mucho menos están preparados para recibir e integrar en sus tareas a familias por tratarse de lugares algo remotos o bien demasiado rústicos o por dedicarse a realizar tareas demasiado duras o poco apropiadas para los niños. Luego además hay que pensar en el coste y en las horas de dedicación que se piden. Hay proyectos donde se pide un trabajo con más horas de las razonables o bien hay que pagar una suma inasumible teniendo en cuanta que además vamos a aportar nuestro trabajo.

En Finca La Flor la comida es vegetariana y los alimentos proceden de su propio huerto orgánico (zanahoria, remolacha, frijoles, lechuga, brócoli, ayote, chayote…) o bien se consiguen fuera (arroz blanco, café, bananos…) . Sólo comen carne cuando es necesario matar un animal. También tcultivan plantas medicinales y ganado (cabras, gallinas y caballos) de los que se aprovecha su estiércol para hacer compost (abono), los huevos y la leche para hacer en la propia granja un delicioso queso de cabra. Otro objetivo de tener animales es su gran potencial terapéutico para muchas personas, y es que en otra época la granja ha sido casa y centro de rehabilitación para personas con drogodependencia. Esta finca ha reforestado desde su creación, hace doce años, 10 hectáreas de bosque y realiza programas de tipo educativo y de concienciación ambiental con niños y escuelas ticas e internacionales.

Ver, oler, sentir

Estábamos alojados en una cabaña de madera para nosotros solos,  rústica pero bastante confortable. Las vistas desde el pueblo al Valle de Orosí eran espectaculares cuando la bruma lo permitía. Nuestro trabajo iba de 7.30 de la mañana hasta las 12.00 del mediodía con media hora de intervalo para un refresco. Las tareas a realizar eran variadas: colaborar en la cocina, plantar, dar de comer al ganado y limpiar los establos, trabajar el compost, arar la tierra y cosechar o lavar las verduras y empacarlas para llevarlos a vender al mercado del sábado en Cartago.

Las tareas que nos asignaban siempre tenían en cuenta el hecho de que alguno de los dos siempre tenía que estar como prioridad atendiendo a Lluna y es que a los pocos días ya preguntaba, ¿que trabajo nos han puesto hoy?. Lavar y cuidar animales han sido sus tareas preferidas. En Finca La Flor no se trabaja a destajo ni mucho menos, pero se trabaja y se aprenden a hacer algunas labores básicas del campo. En una granja siempre hay algo que hacer y Gustavo, digamos que el director de orquesta, tenía la habilidad de ponernos a trabajar a todos sin perder la sonrisa. Por las tardes íbamos a jugar a casa de  los hijos de Wiber, un trabajador de la finca, con sus dos hijos Jimena y Rony.

La Flor es un núcleo rural de humildes casas unifamiliares sin demasiados reclamos. Para casi cualquier recado la gente se va a Paraíso o a Cartago. En La Flor no hay demasiado que hacer pero sí hay cuatro visitas imprescindibles por la zona : (1) asistir en el trapiche, una fabrica artesanal de la tradicional tapa dulce derivada del azúcar de caña. (2) visitar Finca Cristina para saber cómo es y funciona una plantación cafetera y saborear y poder comprar la  calidad brutal de su café orgánico, (3) perderse por el Jardín Botánico de Lankaster y su colección de orquídeas y (4) acercarse a Orosí a comer y a sumergirse en alguno de sus centros termales. Algo más lejos se pueden visitar los volcanes de Irazú y el de Turrialba, volcán, este último, activo cuya impresionante humareda divisábamos desde la finca.

En La Finca La Flor desde diciembre hasta la semana santa puede haber bastantes personas, sobre todo grupos que aprovechan para estudiar español. Sin embargo éramos pocos voluntarios en estos días de noviembre: Cristina, una canadiense de Quebec, Berit y Melanie, dos alemanas, Dayan tica estudiante realizando prácticas, Mery una estadounidense californiana y nosotros. Todos los voluntarios teníamos en común provenir de países del Norte más industrializado y de estar realizando un paréntesis en nuestras vidas, un periodo para volver a sentirnos y retomar un camino más consciente. Al principio no nos conocíamos nada pero con el trabajo cotidiano y la convivencia diaria hicimos buenas amistades y Lluna nos hizo a reir a todos unas cuantas veces. Lluna descubrió que cada vez que decía “buen provecho” la gente le respondía lo mismo y sonreía así que en cada comida repetía la fórmula varias veces. Al cabo de unos días apareció llegada de su Alemania, Brigitte Draabe que junto con la costaricense Ana Rosa Vargas son las dos veteranas co-fundadoras de este proyecto que evoluciona y que ya se está orientando para poder ser la semilla de una futura ecoaldea.

Costa Rica no es solo sol y playa, bien lo podemos asegurar. A los pocos días de llegar nosotros hubo una sucesión de temporales provocados parece ser por la cola de un huracán en el Caribe. La Flor es relativamente frío (está a 1250 metros) y bastante húmedo y lluvioso durante el invierno (temporada de lluvias que estaba a punto de acabar), pero la lluvia que cayó durante casi una semana fue inhabitual: la noche más fuerte estuvo ocho horas seguidas cayendo una agua torrencial. Calles inundadas, carreteras cortadas; en otras partes del Valle Central y en la de la zona del Pacífico la lluvia llegó a causar varias muertes por desprendimiento de casas. En la capital San José el termómetro llegó nada menos que a 14 grados centígrados bajo un viento frío. Fueron unos días con los informativos de televisión volcados en la tragedia y donde se celebraron diversos festivales benéficos en el país para los damnificados. El tiempo cada vez está más loco y es cada vez menos previsible. Nos lo viene diciendo gente de campo de Ecuador, Panamá y Costa Rica durante toda nuestra ruta; el cambio climático ha dejado de llamar a la puerta y ya ha empezado a colarse por nuestra ventana.

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Finca La Flor