Almorzando en el Parque Ejido

El vuelo desde Madrid a Bogotá fue perfecto aparte de la consabida pesadez de sentirse sardina durante nueve horas en unos aviones que cada año que pasa parecen contar con menos espacio entre los asientos de la heroica clase turista aunque nada podía refrenar la emoción por el inicio de nuestro viaje. Lluna se comportó durante el trayecto con la cómplice madurez  que requería el momento, como queriendo decir: papás ya sé que todavía no podemos salir de este avión, ya sé que vosotros también lo estáis deseando. Por lo demás, con 3 años creo que fue por primera vez consciente de lo que significaba volar y durante todos los vuelos de la ida jugamos con esa idea de volar que tiene tanto de fascinante. Ayudaron los largos sueños y las películas infantiles, lástima que no estuvimos atentos para asegurarnos que los tres asientos fueran correlativos, nos dieron dos juntos y otro separado que finalmente no utilizamos.

Aterrizamos en Bogotá sobre las 4 de la madrugada hora española y recibimos en la sala de embarque para Quito una grata propuesta: por motivo de sobreventa la compañía compensaba con un billete gratis a casi cualquier destino de América a aquellos pasajeros que accedieran a volar a Quito el día siguiente ofreciendo incluidos noche de hotel, cena y desayuno. Nos miramos abriendo los ojos y rápidamente fuimos a informarnos para aceptar la propuesta ya que la propuesta entraba perfectamente en nuestros planes y nos supondría más adelante un buen ahorro. Luego el hotel era de esos con todo el personal empeñado en llamarnos señor y señora, seguratas con perros antiexplosivos en la puerta y un bufet bien surtido de delicias para el desayuno.

Volamos por fin a Quito en la tarde. Nos vinieron a recibir al aeropuerto y nos instalamos en la Casa Amarilla donde íbamos a estar alojados los siguientes nueve días. La capital andina se encuentra a 2.800 metros de altitud así que los tres primeros días además del jet lag sentíamos las molestias de un cierto mal de altura: mareo, dolor de cabeza y estómago revuelto. Lluna afortunadamente estaba radiante y de los tres con diferencia era la que menos parecía notar el cambio aunque a veces iba acordándose de sus amistades para preguntarnos si también podrían venir en avión a Ecuador.

En nuestra primera mañana en Quito nos fuimos a pasear por el centro colonial. Relajados y confiados de la vida, éramos una invitación viviente a que en el trayecto de vuelta nos robaran sin darnos cuenta la cámara compacta, un celular  y un par de tarjetas de crédito que pudimos anular al instante. Cuando dejas de ser un vecino de tu ciudad y te conviertes en turista de cualquier gran ciudad hay que acordarse de adoptar siempre un par de precauciones básicas anti-robos que obviamos en nuestra primera y aturdida mañana aunque al menos salváamos los pasaportes. Más allá del revés económico y del fastidio de  tener que ir a comprar otra cámara para hacer alguna foto la sensación que nos invadió durante los siguientes días fue de bastante rabia e impotencia.

La gran mayoría de turistas y de servicios para turistas en Quito se concentran en la zona de La Mariscal. Muchos han venido por motivo de algún voluntariado o bien para aprender español en alguna academia. Es raro encontrar a turistas que estén por gusto más de un par de días en Quito. Nos decepcionó algo el centro colonial porque aunque vivo no está lo cuidado que debiera y porque las calles peatonales son escasas. Quito es una ciudad dura que desborda sus cada vez más largos tentáculos metropolitanos sobre el cauce de un antiguo río. Hacia el centro y el norte los edificios, la actividad económica y administrativa, los barrios residenciales de clase media y alta. Hacia el sur el territorio desconocido para los turistas y para muchos quiteños de las clases populares y de una pobreza atemperada en estos últimos años por las remesas en metálico que llegan de los muchos que están emigrados.

En la Mariscal junto a un furgón de seguridad

En general en esta ciudad el auto es el rey y el peatón parece un animal furtivo que tiene que andar con mil ojos casi siempre sin indicaciones y por aceras irregulares. Centenares de autobuses bronquíticos escupen fumaradas negras  de un gasoil que se vende barato y apenas refinado. Hace ya algunos años que el smog y los colapsos circulatorios en las horas pico se instalaron en la ciudad. Quito es una ciudad donde la sensación de inseguridad está bastante extendida entre la gente si bien las zonas turísticas del centro y La Mariscal están más vigiladas. Abundan en las calles las vallas altas y puntiagudas, las alarmas, los jardines con perros ladradores y los servicios privados de vigilancia. El miedo es un negocio rentable aquí como acostumbra a serlo en aquellos paises donde las diferencias sociales tan marcadas.

Tráfico denso y ruido cotidiano en Quito

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